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sábado, 30 de junio de 2012

29/30. Uno que se haya robado: Raíces, de Alex Haley

Raíces fue una novela muy vendida y leída allá por los años 70 y 80, supongo que justo después de que emitieran por televisión la famosa serie basada en el libro. En casa de mis padres había un ejemplar de la editorial Ultramar que luego he visto en muchos otros hogares, y también en muchas tiendas de viejo. Yo nunca tuve que comprarlo porque cuando me emancipé vino conmigo sin permiso de mis padres, camuflado entre montones de otros libros, y hasta el día de hoy está en mis estanterías sin que nadie aún me lo haya reclamado. En la portada hay una foto de un hombre, imagino que el mismo Haley, una mujer y una niña, y debajo se puede leer: El testimonio más elocuente jamás escrito sobre la grandeza y libertad del hombre.

Es curioso que este sea un testimonio sobre grandeza y libertad cuando lo que cuenta es precisamente una historia de esclavitud. La cuestión es mirar con perspectiva. Se relata el devenir de seis generaciones de una misma familia a lo largo de doscientos años, y las raíces de esa familia se encuentran en el vil acontecimiento de aquel día de 1797, en Juffure, Gambia, cuando el hombre que originó este árbol genealógico fue capturado y llevado a Estados unidos para ser vendido como esclavo a un plantador de Virginia. Él se llamaba Kunta Kinte

Un hombre, una raza sometida y humillada, la raíz enterrada, húmeda de sudor y llanto, de un árbol. Pero pasado el tiempo este árbol fue creciendo, de él nacieron otros individuos, los hubo trabajadores humildes y también los hubo con estudios, abogados e ingenieros. Pero lo importante no fue su preparación o nivel de vida, sino que fueron libres. El árbol de Kunta Kinte dio sus frutos, y el mayor y más sabroso fue que sus descendientes disfrutaron de su libertad, y de una de las ramas de ese frondoso árbol nació esta magnífica novela donde se rescata del olvido la historia de todos aquellos africanos que fueron arrancados de su tierra para trabajar y vivir como esclavos muy lejos de su país, su familia y su cultura.

Leí esta obra con trece años, mi abuela se enfadó conmigo porque no consideraba que fuese una historia apropiada para una chica de mi edad, y seguramente tenía razón pero ya no había quien me quitase de leerla. Está repleta de violencia, enfrentamientos, violaciones... pero también de una grandeza inusitada: la que siempre tiene la verdad. Y es que las historias auténticas resultan fascinantes, una se siente parte y uno con ese horrible y hermoso monstruo que es la humanidad, y se apropia de vidas ajenas, de sensaciones ajenas, sabiendo que en un tiempo y un lugar fueron de otros. Y es que el relato de la vida de Kunta Kinte pone los pelos de punta a cualquiera, te lleva desde la lástima a la vergüenza ajena, desde la alegría de ciertos episodios hasta el asombro por la capacidad de resistencia humana. Remueve por dentro, indigna y hace saltar alguna lagrimilla, por qué no decirlo.

Agradezco desde aquí a Alex Haley su labor de investigación en su propia familia hasta llegar a sus orígenes, a su antepasado “el africano”. Es toda una lección de historia a la vez que una novela de gran calidad que ha dejado un testimonio imperecedero.
Todos estamos en deuda con Kunta Kinte, qué menos que leer su historia para poder, no paliar pero sí revivir la injusticia que se cometió con él. Que nunca se olvide el agravio para que nunca consintamos que algo remotamente parecido ocurra a nuestro alrededor.

domingo, 29 de abril de 2012

23/30. Uno que le gustaría volver a leer en su vejez: El antropólogo inocente, de Nigel Barley

Si tengo la suerte de llegar a vieja me gustaría mucho que fuera con un mínimo de salud, acompañada de alguna persona querida, y en condiciones de poder leer y pasear. Y entonces, para empezar a despedirme de esta vida con una sonrisa en los labios, creo que releería algún libro divertido, como por ejemplo El antropólogo inocente.

Aunque he olvidado los detalles de la trama (fue hace muchos años) sí recuerdo lo mucho que me reí durante su lectura. Y aún tengo pendientes los libros que escribió el autor posteriormente visto el éxito del primero, entre ellos uno que se titula Una plaga de orugas y que es una secuela del que ahora os hablo.

Por lo pronto El antropólogo inocente tiene un subtítulo que habla por sí solo: notas desde una choza de barro. Allá por la década de los setenta el joven Barley, tras licenciarse en antropología, decidió irse a vivir un tiempo con el pueblo dowayo, una tribu de Camerún, e investigar sus costumbres y creencias. Se instaló en una choza de barro y así comenzó su aventura africana. De esas notas que escribió, surgió después un estudio antropológico inusual, que resultó contener una parte de libro de memorias y tener además la estructura de una novela en la que Barley cuenta su experiencia, a nivel profesional y personal, y va narrando cómo se desarrolló aquel año de su vida, su adaptación al cambio climático y social, aprendizaje de la lengua para poder comunicarse con los dowayos, datos interesantes a nivel cultural y social sobre este pueblo, anécdotas, e infinidad de situaciones divertidas, problemáticas o embarazosas en que se ve este antropólogo tan inexperto e inocente pero con tanta humanidad y pasión por su trabajo.

Nigel Barley dio un giro interesante a los estudios de campo escritos por antropólogos que le precedieron al incluir sus vivencias y reflexiones en el estudio, de manera que hace el texto cercano y la información accesible y amena, algo que no ocurre en los libros de este tipo, además de dar a conocer su experiencia de modo que no queda aislado el estudio sobre la tribu elegida sino que ambas cosas forman un todo, tan didáctico como comprensible, que resulta muy grato de leer a cualquier lector.

Y después de bucear en mi memoria recordando datos sobre este libro tan interesante... en fin... no sé si aguantaré a llegar a la tercera edad para releerlo.

martes, 7 de febrero de 2012

13/30. El primer libro que leyó en su vida: El diario de Ana Frank

En realidad no se cual es el primer libro que leí, probablemente alguno de la serie Los cinco, de la maravillosa Enid Blyton, que tantos buenos ratos me hizo pasar. También recuerdo una colección de libritos que se titulaba Cuentos escogidos, de la cual tenía un par de tomos profusamente ilustrados (uno de ellos con un error de imprenta: algunas páginas en blanco) y que leía una y otra vez. O los de la colección El Molino que tomaba prestados de la biblioteca del cole, todos ellos con protagonistas adolescentes que descubrían su vocación para el futuro.
Mercedes e Inés o cuando la tierra gira al revés, Las travesuras de Julio, Mi planta de naranja-lima, los inolvidables ilustrados de Bruguera... mis tardes de infancia pasaron con uno de estos libros siempre entre manos, y alguno más, todos libros para niños.

Pero quiero mencionar mi primer libro “para mayores”: Tenía yo unos doce años y me regalaron El diario de Ana Frank. No imaginaba que iba a quedar tan impresionada. Era una edición de la colección El ave fénix donde se veía el rostro de la niña y al fondo un edificio, que bien pudiera ser aquel en el que vivió escondida con su familia durante tanto tiempo. Por aquel entonces para mí el Holocausto era algo difuso, que no sabía bien de lo que se trataba y se veía de manera tangencial en algunas películas pero con esta lectura abrí los ojos a una realidad tan dolorosa como indignante. Tanto más porque la Ana del libro y yo teníamos la misma edad, parecidos problemas generacionales y muchos intereses en común.

Éramos dos niñas como tantas otras pero ella no podía salir de aquel anexo en el que estaban refugiados, tenía que vivir entre cuatro paredes y corría peligro de muerte por ser judía. Desolador.

Pero el libro no sólo me enseñó esta amarga realidad porque, ¿cómo se enfrentaba Ana a su desdicha? Tenía esperanza, estudiaba, aprendía... y hasta se enamoró del hijo de otra familia que compartían refugio. Una niña con un mundo interno muy desarrollado y unas ganas de vivir y de aprender que fue un acicate para mí, que me entristecía por cosas infinitamente más insignificantes y no hallaba fuerza de voluntad para estudiar en circunstancias infinitamente más privilegiadas. Durante unos años leí aquel libro varias veces y Ana fue un ejemplo para mí, un ejemplo de no rendirse, de perseverar, un ejemplo de sacar lo mejor de mí incluso en las peores circunstancias.

Luego pasaron los años, yo seguí creciendo y viviendo y ella no. Se quedó ahí, para siempre en sus 13 años, para siempre recordada con ternura como el ejemplo de tantas vidas truncadas sin motivo y sin ningún sentido, en un exterminio estúpido que nunca debió existir y que siempre pesará como una losa en la conciencia de los hombres. O al menos eso espero, que pese como una losa para siempre y que nunca podamos olvidarlo.

Agradezco a Ana Frank haberme descubierto lo peor de la infamia y la degradación humanas de la manera más bella: el canto a la vida que es su diario.

martes, 31 de enero de 2012

12/30. Una biografía: Lajos Zilahy.

No soy lectora de biografías pero hace un tiempo tuve el gusto de leer algo sobre la vida de uno de mis autores favoritos: Lajos Zilahy. Era un librito cortísimo que compré en una tienda de viejo y que supongo deben ser los únicos sitios donde se puede adquirir. Se titulaba La vida de un escritor, escrita por F. Oliver Brachfeld con extensos pasajes en los que el propio Zilahy comentaba sucesos de su vida y que, en su momento, habían sido publicados en diversos periódicos en Hungría, ya que Zilahy era un personaje muy mediático.
El libro, a pesar de lo breve, me gustó mucho y en base a él redacté el siguiente artículo:

Lajos Zilahy nació en 1891, en la ciudad de Nagy-Szalonta, cuando ésta formaba parte del imperio austro-húngaro. El hecho de vivir en una época y un lugar que le permitieron conocer cambios históricos decisivos, y también sufrirlos, le proporcionaron mucho y variado material para sus obras y en ellas nos encontramos que, tras argumentos ficticios que cautivaron a lectores de muchos países, hay vivencias e ideas del propio autor.

Se puede decir de este autor que tuvo una vida de novela pues vivió de cerca sucesos históricos que determinaron su destino. Pero no se limitó a ser un simple observador de lo que ocurría, su carácter comprometido e idealista le llevó a formar parte activa en los acontecimientos que le rodeaban: por un lado dio a conocer al mundo la realidad de su país y de la convulsa Europa de primera mitad de siglo XX con sus obras de teatro, novelas, películas y los artículos que escribió para los periódicos en los que trabajaba, por otro cedió su fortuna al Estado para que fundara un colegio donde jóvenes húngaros inteligentes y válidos, de cualquier extracción social, aprendieran y se convirtieran en individuos capaces de tomar las riendas de la nación, pues consideraba que apenas figuraban húngaros en aquellos puestos en los que se decidía el destino de Hungría.

Era un hombre que sentía pasión por la historia de su país y, en particular, por sus propios antepasados. Según una investigación que hicieron él y su hermano del árbol genealógico familiar, su apellido significa “de Zilah” (de la ciudad de Zilah, en el corazón de Transilvania), y la y griega final implica pertenencia a la pequeña nobleza, en concreto a la nobleza Hajdú, estirpe que cuenta con varios cientos de años y el orgullo de haber salvado a la nación gracias a resistir el acoso de los imperios turco y germano en el siglo XVI. Todos aquellos valientes patriotas, entre ellos Márton Zilahy, se vieron compensados en 1596, cuando el Príncipe de Transilvania, Segismundo Báthory, les confirió la nobleza con todos sus atributos. Este interés por sus raíces lo plasmó el autor en uno de sus primeros libros: El amor de un antepasado mío (1923), donde rinde un tributo a sus ancestros narrando las andanzas de Martin Zilahy, el abuelo de su abuelo, húsar del emperador José II, y también las del guerrillero Mihály, el lobo feroz. Este último en representación de otro antepasado, muy anterior en el tiempo a su tatarabuelo, aunque cronológicamente los haga coincidir en la novela.

Volviendo al árbol genealógico, hubo varias generaciones de pastores calvinistas en la familia y al fin llegamos a su padre, que trabajó como notario, y murió cuando él tenía catorce años, dejando a la familia en la pobreza. Fueron tiempos difíciles agravados por el primer conflicto mundial, al que Lajos se alistó, pero fue gravemente herido, por lo que le dieron de baja en 1916. Poco después él y su familia fueron expulsados de su pueblo natal por los nuevos ocupantes rumanos, y tuvieron que vivir un tiempo en un vagón de tren. Este episodio dio pie a una de sus mejores novelas: La ciudad vagabunda (1939) que cuenta la huída de los ciudadanos húngaros de la ocupación rumana tras la 1ª guerra mundial, como resultado del tratado de Trianón firmado en 1920, en el que se cedieron algunas regiones a checos, serbios y rumanos. Como consecuencia, algunas de las familias que perdieron su hogar tuvieron que refugiarse en unos vagones de carga de la Estación del Norte de Budapest.

A pesar de todo, a base de trabajo y esfuerzo, la familia salió adelante y nuestro autor consiguió estudiar derecho, aunque pronto descubrió su vocación de escritor, y a ello se dedicó en cuerpo y alma. Publicó un recopilatorio de poemas que no tuvo mucha trascendencia. Sin embargo obtuvo gran éxito con las obras de teatro, que además eran más rentables económicamente que las novelas. La primera de ellas, una comedia titulada Fantasmas, fue la piedra de toque para que Zilahy se convirtiese en alguien conocido, pues su primera novela, Primavera mortal (1922) había pasado bastante desapercibida. Trata esta una historia de amor en la que un joven aristócrata de provincias es rechazado por su novia, lo que le llevará al juego y a la bebida, hasta que conoce a otra mujer. En 1939 fue llevada a la gran pantalla de la mano del mismo Zilahy.

Así pues la fama llegó por fin cuando contaba 32 años de edad. A raíz de sus éxitos con el teatro el público descubrió sus novelas y a finales de la década de los 30 sus obras habían sido traducidas a 15 idiomas. Entre ellas Algo flota sobre el agua (1928), en la que János, un joven pescador que vive con su esposa, su hijo y su suegro, divisa un día, mientras pesca en el Danubio, lo que parece el cadáver de una mujer. Este acontecimiento trastocará la vida de todos. Y también El desertor (1930), las aventuras del patriota Itsván Komlóssy, resentido contra el dominio austríaco, que toma la decisión de desertar del combate. Para escribir esta novela el autor utilizó sus propios recuerdos como combatiente en la 1ª guerra mundial.

A su mujer, Piroska Bárczy, la conoció en un concierto, cuando él tenía 39 años y ella algunos menos. Su vida sentimental hasta entonces había sido un fracaso, según él mismo decía por la calidez que no era capaz de dar a una mujer, ya que la volcaba toda en sus escritos. Cuando vio a Piroska aparecer entre los otros invitados, creyó ver en ella a Miett de Almady, la protagonista de Dos prisioneros, también traducida como Las cárceles del alma. Piroska era tal como había imaginado a aquella muchacha cuando la dio vida en la famosa novela que, publicada en 1927, fue una de las que más fama le reportó. La obra trata de dos jóvenes, Pedro y Miett, que se conocen en Budapest, se enamoran y se casan. Pero Pedro es llamado a filas para participar en la guerra al poco de casarse y su exilio se prolonga durante largos años, debido a que ha sido deportado a Siberia. Ambos se encuentran presos de una relación breve que con el tiempo y la distancia se ha enfriado y ya no tiene razón de ser.

Esta novela fue escrita para publicarse en folletín y está dedicada a uno de los parientes del autor, muerto en cautiverio en Siberia. En España se publicó por primera vez al precio de 4 pesetas y con cuarenta cortes hechos por la censura.

Con respecto al matrimonio de Zilahy cabe destacar que, a pesar del inconveniente de que profesaban distintas religiones (él era calvinista y ella católica), un problema que tenían muchos matrimonios de la época, sobre todo en lo que se refiere a la educación de los hijos, Lajos y Piroska fueron una pareja unida que vivieron los conflictos y felicidades propios de cualquier matrimonio. Y mientras, en su vida profesional, el escritor saboreaba las mieles del éxito. No tardó en ceder los derechos de sus obras para convertirlas en películas, incluso viajó a Estados Unidos, donde estuvo tentado de quedarse a vivir, con la seguridad de que tendría éxito trabajando en el cine. Sin embargo fue más grande el deseo de ser útil a su país, así que volvió, fundó la productora Pegazus, S.A. en 1939, y se instaló con su mujer y Mihály, el hijo de ambos, en su casa, ubicada en las colinas de Buda. De su estancia en Norteamérica tuvo la inspiración para escribir El alma se apaga -o También el alma se extingue- (1932), donde habla del desarraigo de los emigrantes, en concreto de un emigrante húngaro en Estados Unidos que huye de la pobreza para empezar una nueva vida. En esta novela, como en otras de este autor, la trama es inventada pero muchas de las vivencias son reales, experiencias del autor cuando vivió en aquel país, haciendo frente a la nostalgia, a un nuevo lenguaje y, sobretodo, a la distancia que hacía que cada vez se sintiera más lejos de su tierra, más desarraigado, que sintiera que su alma se apagaba.

Especialmente decisivo en las vidas de la familia Zilahy fue el día en que volvieron de pasar el fin de semana fuera de Budapest, concretamente el 6 de septiembre de 1942, y encontraron su casa destrozada por una bomba de un avión ruso. El impacto les llevó a tomar una decisión en la que ya llevaban pensando varios años: cederían su fortuna al Estado para la creación de la escuela Esteban Horthy, quedándose con lo imprescindible para vivir y empezar de nuevo. Un gesto tan alabado como criticado por sus contemporáneos, por considerarlo próximo al comunismo, algo que, por otra parte, no era cierto. Lajos no era comunista, veía bien la propiedad privada, pero era un hombre justo al que no le parecía correcto que unos tuvieran mucho y otros carecieran de lo básico. Esas eran el tipo de ideas que movían a un hombre como él, además del pacifismo, y el patriotismo, entendido como deseo de que su patria fuese una nación fuerte e independiente. Por esto mismo debió ser un mal trago para él todo lo ocurrido en la década de los cuarenta, tan lejano a la paz y prosperidad que deseaba para su país. Su aversión al fascismo le valió la persecución de los partidarios de Hitler en Hungría, y la posterior censura de los agentes de Moscú tras la segunda guerra mundial hicieron que emigrase a Estados Unidos en 1947. Su época en el exilio fue bastante fructífera, Lajos escribía y participaba en el montaje de obras de teatro y películas basadas en sus novelas. Mientras, Piroska trabajaba en un hospital. En noviembre de 1949 perdieron a su hijo Mihály en un accidente. El chico pertenecía al equipo de rifle de la universidad y se disparó con su propio fusil cuando le ajustaba la correa. Semejante desgracia marcó a los dos padres para el resto de sus días.

Lejos de su país Zilahy escribió uno de sus libros más patrióticos: Los Dukay, trilogía semi-histórica que narra la decadencia de una familia de la aristocracia magiar desde 1814 hasta mediados de siglo XX. Una obra soberbia donde la historia y la vida privada y pública de los Dukay se entrelazan para darnos a conocer lo acontecido en ese trocito de Europa que es Hungría. El estilo de este escritor, siempre ameno y fascinante, sus guiños al lector, sus golpes de humor y el hecho de que esta novela aúne todos los temas que le preocuparon, hacen de ella una de las más completas de toda su bibliografía. La trilogía, que se desarrolla a lo largo de unas 1.700 páginas, no está escrita en orden cronológico: escribió la segunda y tercera partes y luego completó con la primera.

El siglo feliz, también traducido como El siglo escarlata (1960) es la primera parte. Comprende el periodo entre el Congreso de Viena en 1814 hasta la primera guerra mundial, y narra la historia de dos hermanos mellizos -Antal (Glücki) y Arpad (Dali)- cada uno con un carácter y una tendencia ideológica distinta, simbolizando las diferentes posturas que podían darse en la Hungría imperial: a favor de los Habsburgo o a favor de la independencia y autogestión de Hungría.

Los Dukay (1949), es la segunda parte, y abarca de 1914 a 1939. Se compone a su vez de tres partes: El castillo de Ararat, Kristina y el rey, y El crepúsculo cobrizo. Aquí nos encontramos una nueva generación de Dukays en un mundo que cambia rápidamente y en el que tienen que encontrar su lugar. En la familia protagonista el padre, István Dukay (Dupi), es nieto del Antal de la primera parte, y con su esposa Klementina (Menti), tienen cinco hijos: El mayor Imre (Rere) sufre retraso mental, eso no impide que su lucidez intuitiva haga de él un personaje inolvidable, Kristina, que está enamorada sin ser correspondida del emperador destronado Carlos I, el pragmático György (Ostie) que, pese a que tiene intención de hacerse cargo de las propiedades familiares acaba emigrando a Estados Unidos, pues se casa con una rica heredera norteamericana, János (Johy), que se inclina hacia la ideología nazi, y, por último, Terézia (Zia), la más joven de todos, y también la más aventurera y transgresora.

La trilogía termina con El ángel enfurecido (1953), que narra las peripecias de la familia dentro de su marco histórico, de 1939 a 1953. En ella conocemos el desenlace de las vidas de cada uno de los hermanos, así como de Mihály Ursi, plebeyo de izquierdas y segundo marido de Zia, que representa la lucha de los húngaros contra el nazismo primero, y más tarde contra el régimen soviético.

Los temas de este autor, como se deduce de todo lo dicho, son las guerras que él mismo vivió, la patria, la historia de Centroeuropa, la emigración, el vínculo con los antepasados y, en general, las pasiones humanas. Para un público que, tras una guerra mundial, precisaba de un bálsamo contra los problemas derivados de la contienda, fueron unas novelas muy apropiadas, historias cuyos personajes eran gente corriente que viven, luchan y se enfrentan a lo cotidiano. Esa fue la clave de su celebridad. En España el éxito vino poco después, al principio sus novelas pasaron desapercibidas, pero una oportuna polémica entre críticos literarios sobre la amoralidad de Primavera mortal hizo que cobrara popularidad y que los lectores se aficionaran a él de modo que Zilahy se convirtió en uno de los escritores extranjeros más leídos, aunque desgraciadamente la censura nos privó de muchos fragmentos de sus novelas.

Años después autor y obra fueron cayendo en el olvido, hasta el día de hoy en que su nombre apenas se menciona en los círculos literarios.

Además de otras novelas como Las armas miran atrás (1936), un mensaje pacifista en una Europa abocada a un segundo conflicto mundial, ya que trata de un traficante de armas que sufre una transformación cuando conoce a una mujer de gran integridad, Vida serena (1941) o En el profundo bosque (1959), el autor escribió un total de 19 obras de teatro, algunas de ellas también se llevaron al cine. Su primer éxito fue la comedia Fantasmas, al que siguieron otras, no menos importantes como Brilla el sol (1924), donde aparece una figura vital en la infancia del autor, concretamente en los años de la escuela primaria: el maestro Lehoczky. Estrellas, una comedia que resultó un fracaso, gracias a lo que decidió ahondar en su producción novelística. Y otros títulos como Siberia (1928) en torno a un grupo de húngaros prisioneros en Rusia durante la primera guerra mundial, El general (1928) drama del que La Paramount hizo una adaptación al cine titulada El pecado virtuoso. El pájaro de fuego (1932), La cierva blanca, y Torres de madera, una protesta patriótica contra la injerencia extranjera ambientada en la década de 1940. También tiene algunas recopilaciones de cuentos, como las tituladas El gran dilema, El velero blanco e Idilio de pescadores.

Zilahy nunca vovió a Hungría, murió en Novy Sad, Serbia, -donde tenía una casa a la que iba a menudo- en 1974, sus cenizas fueron llevadas a Budapest, tal como dispuso en su testamento. Nos dejó un legado valiosísimo: obras de teatro, cuentos y novelas, que desde hace decenios es preciso encontrar en tiendas de segunda mano, con excepción de un par de ellas, que sí fueron reeditadas. Afortunadamente la editorial Funambulista se ha propuesto publicar una colección con todas sus novelas, traducidas nuevamente y, por tanto, sin la censura franquista, bajo el nombre de Biblioteca Lajos Zilahy. Es una suerte para todos que iniciativas como esta nos hagan más accesible la lectura de escritores injustamente olvidados.
“Lo infinito se hace tanto más pequeño cuanto más vamos conociéndolo, y las personas tanto menos numerosas cuanto mejor sabemos distinguirlas unas de otras”. Lajos Zilahy, fragmento del artículo titulado Donde yo fui niño.

BIBLIOGRAFÍA
-La vida de un escritor, biografía y autobiografía comentadas, Lajos Zilahy-F. Oliver Brachfeld, Editorial: Lara. 207 páginas
-A history of hungarian literature (from the earliest times to the mid-1970´s), Lóránt Czigány.
-Some reminiscences about Lajos Zilahy, Stephen Beszedits.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

7/30 libros. Uno muy divertido: Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell

Gerald Durrell y Lampedusa (enlace)
Soy de las que piensan que hacer reír es más difícil que hacer llorar -en cualquier arte, no sólo en literatura-, por eso valoro mucho una novela que me resulte divertida. Quizá tengo un humor muy especial pero libros que haya encontrado divertidos a lo largo de mi vida lectora se cuentan con los dedos de las manos. Y entre esos pocos el que más me hizo reír –a ratos incluso a carcajadas- fue Mi familia y otros animales.

Y no es el único mérito de esta obra a medio camino entre novela, memorias e introducción al reino animal, también tiene otras virtudes como la narración sencilla, entrañable, evocadora, tierna y luminosa de la infancia de Durrell, al menos durante los cuatro años que él y su familia vivieron en Corfú. Aunque la verdadera pasión de Durrell no era la escritura, ni la lectura, él amaba a los animales sobre todas las cosas y se convirtió, no podía ser de otro modo, en un famoso naturalista, eso sí, con un talento increíble para escribir como podemos constatar en las numerosas obras que publicó después.

Lo que nos cuenta en este libro son las experiencias de su familia en Corfú. Decidieron huir del mal clima de Inglaterra en 1935 y se instalaron en la soleada y cálida isla que a todos embrujó y mantuvo allí por años. La familia constaba de cinco miembros en ese momento: la madre y cuatro hijos: Larry (el famoso escritor Lawrence Durrell), Leslie, Margo y Gerry.

La excentricidad y el sentido del humor de cada uno de ellos es una pincelada más en el divertido cuadro que nos pinta Durrell: Larry, de carácter algo quisquilloso, recibe muchos extraños amigos en casa, Leslie es un apasionado cazador, Margo se preocupa constantemente por sus granos y su salud, y Gerald pasa la vida en el campo con su perro Roger, observando a los insectos, navegando en barca, coleccionando animales que luego lleva a casa y dan lugar a todo tipo de situaciones jocosas.

Y luego están los griegos amigos de la familia: el servicial Spiros, un hombre de una solicitud enternecedora que tiene un cómico defecto en su manera de hablar el idioma de los Durrell, los profesores de Gerry, entre ellos Theodoro Stephanides, otro amante de los animales, que se convierte en el mejor amigo del chiquillo.

No os imagináis mi felicidad cuando supe que la historia continuaba, que Mi familia y otros animales era sólo la primera parte de una trilogía –la trilogía de Corfú- cuyos otros dos títulos eran Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses. Y como colofón hay un librito de anécdotas sueltas que publicó Alianza y se tituló Un novio para mamá y otros relatos.

Y lo que más recuerdo de todos estos libros, además de lo bien que lo pasé leyéndolos, es la sensación de haber compartido con el protagonista una infancia tan plena y dichosa. Gerry tuvo muchísima suerte, no sólo de tener una familia de lo más divertida, también de pasar esos años tan libre, disfrutando cada segundo de la naturaleza, el sol y los animales. Fortuna debió mirar a ese niño y ponerle en el lugar donde más feliz podía ser.

domingo, 25 de octubre de 2009

Memorias de una joven formal, de Simone de Beauvoir


Título original: Mémoires d´une jeune fille rangée
Traducción de Silvina Bullrich
Edhasa
365 páginas.

La Historia de la Literatura nos ofrece una larga lista de mujeres excepcionales, Simone de Beauvoir es una de ellas. Destacó en su faceta de escritora, como filósofa y por lo que significó para el movimiento feminista su ensayo El segundo sexo. No menos importantes son sus memorias que, recogidas en cinco libros, dejaron un testimonio vivo y valioso tanto de ella como de su época. Estos fueron: Memorias de una joven formal, La plenitud de la vida, La fuerza de las cosas, Final de cuentas y La ceremonia del adiós. Para completar su obra autobiográfica deben tenerse en cuenta Norteamérica día a día, un diario donde explica su primer viaje a Norteamérica y Una muerte muy dulce, en el que narra las semanas previas a la muerte de su madre.
El título de este libro también fue traducido como Memorias de una joven de buena familia, que es lo que era Simone, una niña nacida en el seno de una familia típica de la burguesía parisina de principios de siglo XX, con unos padres cultos, conservadores, clasistas, chauvinistas y profundamente religiosos y una hermana menor que siempre fue para ella una cómplice con quien el entendimiento era casi perfecto. Simone tuvo una infancia feliz, fue querida y elogiada por su familia, se sintió siempre una niña especial, satisfecha de sí misma y segura en su entorno. Pero cuando llegó a la adolescencia, lo que ella llamaba “la edad ingrata”, empezó a sufrir ciertos cambios en su persona y en sus creencias... ya no era la niña que se plegaba a lo que dijeran sus mayores. Tras la Primera Guerra Mundial su padre tuvo un revés económico que cambió el destino de toda la familia, tuvieron que mudarse a un piso más barato y los padres reconocieron que sus hijas tendrían que trabajar para vivir porque no tenían dinero con el que respaldar un buen matrimonio concertado, algo muy común en aquella época. Esto dio la oportunidad a Simone de estudiar y convertirse en una mujer que, tras terminar sus estudios, se instaló por su cuenta y vivió de dar clases a jóvenes estudiantes. Tal vez esa imposibilidad económica fue un golpe de suerte para ella, pues el matrimonio por intereses nunca hubiera conseguido que se sintiera tan realizada como el hecho de conseguir su autonomía a través de la formación intelectual.

Simone, en todas sus vertientes, es digna de admiración e interés, sobretodo por el modo valiente en que afronta la vida, rompe con convencionalismos y sigue su propio camino.
Fue una gran lectora, de hecho, los libros fueron su impulso para crecer, de ellos aprendió, en ellos encontró nuevos caminos, a través de ellos se interrogó sobre sí misma. Lecturas como Mujercitas, de Louise May Alcott, El gran Maulness de Henri Alain-Fournier, El colegial en Atenas, de André Laurie, y posteriormente autores como André Gide, Paul Valery y Paul Claudel... son mencionados constantemente, le sirven como referencia, los contrasta consigo misma, debate sobre ellos con amigos y familiares lectores hasta integrarlos como parte de su vida.
En su faceta de escritora descubrimos una mujer que ya con quince años empieza su primer libro. Escribir es un deseo que no la abandona desde la adolescencia, y muchos de los argumentos que se le ocurren tienen una gran base autobiográfica, la necesidad de explicarse a sí misma y al mundo debió ser imperiosa, a tal punto que acabó condensándolo largamente en sus libros de memorias, y algunas de sus novelas no dejan de ser un paralelo de los sucesos que acaecieron en su propia vida, así Los mandarines relata en clave de ficción su relación con el escritor norteamericano Nelson Algren, y La invitada refleja la relación que tanto su compañero Jean Paul Sartre como ella tuvieron con Olga Kosakiewicz, una alumna de Simone en el Liceo de Rouen.
Como filósofa se adhiere a la corriente existencialista, en la teoría y en la práctica, antes de conocer siquiera el Existencialismo ella ya intuía el germen de esas ideas: se consideraba responsable de su vida, sabía que lo que ella llegara a ser vendría de un gran esfuerzo por su parte y siempre fue consciente de su responsabilidad en su propia existencia.
Y por último y no menos importante, como mujer, además como mujer con educación bastante mojigata en una época en la que pocas mujeres estudiaban y todas cedían el primer plano a los hombres, ella no cedió, se mantuvo siempre orgullosa de su feminidad, sin complejos y sin dejarse llevar por convencionalismos se igualó a sus coetáneos de sexo masculino. Tuvo claro desde muy pronto que las mujeres tienen derecho al aborto, así como a decidir no tener hijos o no casarse sin que mermara por ello su condición de mujer.
En otros terrenos se declaró antimonárquica, atea y comunista, su precocidad hizo que ya con veinte años tuviera trazado un ideario completo que luego desarrollaría el resto de su existencia. Así lo cuenta en este libro de memorias que, narrado de manera brillante, explica también con precisión y claridad sentimientos y procesos psicológicos complejos que resultan de esta manera fáciles de comprender, algo que logra en parte por ser una gran observadora, sobretodo de sí misma. Y es que Simone era una mujer que necesitó siempre contrastarse en un diario, un espejo psicológico que le ayudaba a entender los procesos por los que iba pasando. Gracias a esos diarios y a su correspondencia privada pudo luego reconstruir sus memorias y hacernos llegar un testimonio que aúna lo excepcional con lo conmovedoramente habitual, que nos revela una mente privilegiada, una inteligencia afilada e inquisitiva, una intelectual capaz de codearse con las mentes más brillantes de su época, entre las que se incluye Jean Paul Sartre, un compañero de estudios en la Sorbona en quien enseguida reconoció al hombre que desde los quince años ansiaba como compañero. Y así fue.

Habla sin prejuicios de todo lo que vivió y sintió, su gran amistad con Elisabeth Lacon (Zaza), su primo Jacques, que fue también su primer amor, la forma de vida e ideas de su familia, todo lo cuenta sin tapujos excepto lo relativo a su condición bisexual, que mantuvo en discreto silencio.
Posteriormente ejerció de maestra tanto en la Sorbona como en otros lugares de Francia, fundó en 1945 la publicación Los tiempos modernos junto con otros intelectuales de izquierdas de la época, una acusación de corrupción de menores la retiró de la enseñanza, lo que le llevaría a volcarse de lleno en la escritura. Pero esos son momentos desarrollados en otros libros de memorias. Por lo pronto este, el primero que escribió, es interesante en cuanto permite asistir al proceso que llevó a la autora a convertirse en la mujer que fue. Fueron unos años vitales en su crecimiento psicológico e intelectual, en el enfrentamiento a conflictos personales, familiares y sociales que le llevaron a formarse como persona, tomar unos caminos, dejar otros sin ahorrarse los sinsabores, las decepciones, los conflictos y todo lo que significa crecer.
Merece la pena descubrir a Simone de Beauvoir, comprender sus ideas y la forma en que vivió, acercarse y apreciar la gran mujer que se escondía tras esta muchacha de aspecto poco destacable y bastante mal vestida, esta joven formal.

"No, me dije mientras ordenaba en la alacena una pila de platos; mi vida conducirá a alguna parte. Felizmente no estaba condenada a un destino de ama de casa. (...) Yo prefería infinitamente la perspectiva de un oficio a la del matrimonio; permitía esperanzas".