jueves, 21 de abril de 2011

El desierto del amor, de François Mauriac

Título original: Le désert de l´amour
Prólogo de Lorenzo Gomis.
Salvat editores. Biblioteca básica Salvat.
175 páginas

Si hablásemos en términos geométricos se podría decir que esta novela tiene, en su argumento, una estructura de triángulo equilátero porque, de los tres protagonistas que le dan vida todos tienen exactamente la misma importancia.

Estamos hablando de un triángulo amoroso, pero no de uno al uso sino más completo, porque aquí se habla de amor, en el más extenso sentido de la palabra. Y también de los desiertos que lo habitan.
En el trío que forman María Cross y el padre e hijo Courréges no hay amor, sino amores. Está el amor filial y el paternal entre ambos hombres, está el amor de Paul hacia María, que le hace replantearse su vida entera: siendo un hombre recto y marido fiel, se ve por primera vez incapaz de sofocar una pasión extramatrimonial. Y está el amor de Raymond hacia María, su primer amor, aquel que le marcará para el resto de su existencia.
María es pues objeto de deseo, que ambos hombres creen más accesible por ser ella una mujer de dudosa reputación en el círculo social de Talence. Pero ¿qué piensa María? Ella, que despierta la codicia en los hombres, es apenas una mujer sola, una joven y bella viuda a la que la suerte ha vuelto la espalda. Y no solo la suerte, la sociedad entera. Su protector, Víctor Larrouselle hace su vida al margen de ella, tiene otras mujeres. A María la mantiene viviendo en una propiedad suya, como un capricho. Las amantes de otros hombres la desprecian porque ella no termina de acomodarse a ese estatus de amante, no se siente una de ellas. Y para la gente decente es una mujer perdida con la que hay que evitar el trato. Por tanto está sola.


Cuando se encuentra con las atenciones del doctor Paul Courréges, tras la muerte del hijo de ella, no alienta el amor ni el deseo en este señor, y le resulta cargante su excesivo celo, sin embargo Raymond Courréges... él es otra cosa, le conoce porque coinciden diariamente en el tranvía –él vuelve de las escuela, ella de visitar la tumba de su hijito en el cementerio- le inspira un amor maternal, ese amor que no puede dar ya a su propio hijo, pero a la vez despierta su deseo. Ella quiere iniciarle en el amor, ser su madre-amante. Pero a veces las cosas no son tan fáciles en los desiertos amorosos y puede ser que uno no llegue a hacerse entender, que no pueda o no sepa manifestar sus sentimientos, o que el otro no alcance a comprenderlos. Y esto ocurre con nuestros protagonistas, en ninguna de las tres relaciones hay fluidez o entendimiento, lo que nos deja el triste mensaje de que muchas veces vivimos en un desierto teniendo una fuente al alcance de la mano. Y otras muchas veces la aridez es prácticamente inevitable.

La novela empieza cuando, estando en París, aproximadamente a principio de la década de 1920 (el libro fue publicado en 1925) Raymond Courréges coincide en un local con María Cross y Víctor Larrouselle, sus antiguos vecinos de Burdeos, de la zona de Talence. Todos esos años Raymond ha estado alimentando su odio hacia esa mujer que lo despreció, y ahora, cuando la ve de nuevo, se da cuenta de hasta qué punto ha tenido influencia en sus relaciones con otras mujeres y revive la dolorosa historia ocurrida tantos años atrás, en el provinciano Burdeos, cuando él era apenas un acomplejado adolescente y ella el objeto de su adoración.
Volvemos entonces diecisiete años atrás para conocer a nuestros protagonistas y su entorno. De un lado la familia Courréges, arquetipo de familia medio burguesa, que está compuesta por la pareja, Paul y Lucie, la señora Courréges, madre de él, y los hijos: Madeleine -casada con Gastón Basque, con el que son padres de cuatro niñas- y Raymond, un adolescente desubicado.
De otro lado está María Cross. Su madre fue institutriz, ella se casó con un médico con el que tuvo un hijo, François, pero el marido murió a los 3 años dejándoles con muy escasos recursos. Víctor Larrouselle le propuso ir a vivir a su casa en Talence, donde hay muchos árboles y espacios abiertos, algo que le venía bien al hijo, que estaba enfermo. Ella accedió y se convirtió en su amante. Víctor no se casaba con ella porque temía perjudicar a su hijo Bertrand si lo hacía.

Esta novela apareció por primera vez en la Revue de París, antes de ser publicada íntegra en la editorial Grasset. Cuando Mauriac la escribió ya tenía varias publicadas varias novelas, también un par de libros de versos y otros libros de ensayo, además de la novela que le catapultó a la fama: El beso al leproso. Y podemos ver en su trayectoria que en sus argumentos se repiten estos tipos humanos que tanto parecen preocuparle y que tan bien describe, como las parejas sin amor, o la dura y especial etapa de la adolescencia. Pero sobretodo las crisis vitales, que son sello distintivo de su literatura.

Mauriac logra una introspección asombrosa en cada uno de los personajes: el hombre ya maduro, el adolescente, la mujer joven... logra incluso penetrar en la psique de personajes secundarios pero no menos importantes para la construcción de la historia. Así ocurre con Lucie y con Víctor.
Por otro lado resulta curioso observar que hay dos fenómenos naturales en los que se incide, de un lado el desierto como drama emocional al que se hace referencia en diversas ocasiones, de otro la tempestad. Es constante la presencia de la lluvia y los truenos, que prestan dramatismo a algunos momentos de la historia revistiéndolos de una atmósfera grisácea y oprimente en la que los sentimientos de rechazo y soledad llegan a su punto álgido.

Dice Lorenzo Gomis, que escribió el prólogo para esta edición, que Mauriac bebe directamente de la prosa de Pascal y de Racine. Lo cierto es que su prosa es bella, lúcida, reflexiva y certera, que es de esos autores que escriben frases de tal fuerza y brillo filosófico que hacen al lector volver sobre ellas por el gusto de releerlas. Esto, de por sí, dice mucho de Mauriac como escritor, que además supo describir tan bien los más hondos dramas humanos. Quizá porque él mismo tuvo que cruzar sus propios desiertos.

"Siempre somos moldeados y vueltos a moldear por aquellos que nos aman y por muy poco tenaces que hayan sido, somos su obra, obra que, por lo demás, ellos no reconocen y que nunca es aquella con la cual han soñado. No hay un amor, una amistad que, habiendo atravesado nuestro destino, no haya colaborado en él hasta la eternidad."

2 comentarios:

  1. Qué bien debes haberlo pasado leyendo este libro, Lola, con tan buena psicología de los personajes y el complemento que aporta la naturaleza que me trae a la mente reminiscencias del Romanticismo.
    Tomo nota, beso. :)

    ResponderEliminar
  2. Si, y además descubrir un nuevo autor es siempre un estímulo. Seguiré leyendo a Mauriac.
    ;)

    ResponderEliminar

Si quieres comentar algo, escribe tu mensaje aquí: