domingo 25 de octubre de 2009

Si te dicen que caí, de Juan Marsé

Editorial Lumen
452 páginas

Lo que más me ha fascinado en este libro es el recurso de las aventis. ¿Y qué son las aventis? La palabra en sí parece prima de otra: aventuras en su acepción de suceso extraño o distinto de lo normal. En todo caso en esta novela las aventis son narraciones orales que, allá por los años 40, se contaban los chicos del barrio del Guinardó, en Barcelona, para entretenerse. En ellas se mezclan rumores que corrían por el barrio, noticias que salían en los periódicos, así como sucesos cotidianos. Los protagonistas podían ser gente conocida en aquella época, personajes inventados y los mismos chicos narradores de aventis.
De ahí la importancia que tiene la parte del libro que se basa en hechos verídicos. Para empezar toda la novela está inspirada en los recuerdos de posguerra del autor, no significa esto que sea autobiográfica, pero sí que, además del realismo que aporta la experiencia a la narración (no olvidemos que por aquel entonces Marsé tenía la edad de los chicos narradores de aventis), hay un conocimiento de primera mano de ciertos sucesos acaecidos en aquella época.
Así sucede con el asesinato a finales de la década de los cuarenta de Carmen Broto, una prostituta de lujo relacionada con hombres de altas esferas que fue brutalmente asesinada en un descampado de la calle Legalidad. Este hecho no sólo aparece como referencia, sino que impregna e influye en todo el libro, dando vida a otra Carmen, una mujer muy parecida a esta Carmen Broto real que, como ella, tiene procedencia humilde y que luego se empezó a relacionar con gente socialmente conocida por medio de la prostitución y acabó, asimismo, asesinada por turbios motivos que pudieron ser un robo de las joyas que lucía pródigamente, así como un modo de callar a la mujer que tanto sabía acerca de vicios y trampas de personas poderosas. No faltaron versiones en que la acusaban de confidente de la policía.
Hay otra mujer que se asemeja a las dos cármenes, la real y la ficticia, se trata de Aurora Nin, también llamada Ramona. En la trayectoria de su vida sus orígenes y su fin son similares, pero esta mujer, prostituta pobre y enferma está relacionada con la guerrilla anarquista, y su tío, Artemi Nin, asesinó en la guerra a uno de los miembros de la familia más poderosa y rica del barrio. De ahí que Ramona sea objeto de atención de diversas personas, victima de represalias, perseguida y acosada como la “puta roja”.
Estos son dos de los hilos argumentales de la novela, pero hay más. Y aunque se desarrollan en el mismo momento temporal -posguerra, años cuarenta- el hilo principal de la narración viene dado por un accidente de coche, 25 años después de estos hechos, es decir, ya en la década de los 60, en el que fallece Java, uno de los muchachos de la pandilla de Guinardó, y llevan los cadáveres de él y su familia al depósito de un Hospital donde uno de sus amigos (Ñito) trabaja de celador. Este hecho provoca en Ñito una avalancha de recuerdos de su adolescencia que justifica el resto de la narración volviendo a esa época posterior como punto de inflexión de la trama y toma de distancia que permite ver los hechos con el filtro de la lejanía y el recuerdo.
Entrelazado con las otras historias encontramos a la guerrilla urbana, miembros de diversos sindicatos y grupos de izquierdas que sufren la persecución, la represión y la tortura, que en principio no se rinden, siguen luchando o se esconden para no morir, pero que acaban traicionando sus ideales para convertirse en simples traficantes y rateros. Se hacen patentes los conflictos y la deslealtad entre las diferentes organizaciones y el caos y el miedo existentes en estos grupos no es más que el instinto de supervivencia ante lo inevitable: la instauración del nuevo régimen que extiende sus tentáculos a nivel público y privado, fortaleciéndose con la debilidad y la desilusión, cada vez mayor, de los vencidos. Paralelamente la historia del grupo de muchachos que sobreviven en las calles de Barcelona, viene estrechamente entrelazada con la de las células urbanas, pues estos no son otros que los padres y hermanos de aquellos. Así, en casa de Java vive su hermano escondido en el sótano, y Luís es hijo de Luís Lage, uno de los mayores exponentes del grupo de maquis que operaban en Barcelona. Dos generaciones de víctimas de la guerra y la posguerra.

Tan acertado como el resto del libro es el título, que es una frase del himno de la falange. Si te dicen que caí es un libro a la memoria de los caídos, los derrotados por la guerra, no los vencidos. Porque de un desastre de tal calibre como es una guerra civil todos son los derrotados. Así, podemos contemplar a lo largo de toda la novela la caída de todos los personajes, la degradación, la pérdida de moral. Y cuando casi al final del libro los chicos de la pandilla de Guinardó rehúsan escuchar una aventis que quiere contar otro de ellos no es más que un símbolo de otra caída: la pérdida de su inocencia, la poca que les quedaba. El mensaje no puede ser más desesperanzador ni, por desgracia, más realista.
No menos sugerente que el título es la estructura narrativa. Marsé crea un entramado de referencias dentro de la trama para ir conociendo a los personajes y sus circunstancias, con pequeños trucos para crear confusiones que luego se van aclarando, con saltos en los dos planos temporales, evitando supongo que de forma estudiada dar datos definitivos que nos sitúen en el tiempo y el espacio para crear una sensación de caos que sirve de base al mundo medio real medio fabulado de las aventis. Con un lenguaje de gran belleza y fuerza narrativa nos presenta un retrato de la Barcelona de posguerra, una narración salpicada de localismos (trinxes, meuca, cucs) que nos ayudan a ambientarnos y un erotismo sádico que recorre toda la novela en escenas de corte surrealista de gran impacto visual.
Un libro terrible y a la vez bellísimo. Una historia para leer más de una vez y disfrutar del complejo entramado de su argumento, de la crudeza de sus historias, del gancho de sus personajes, de la confusión de sus páginas, de lo difícil que resulta separar lo verídico de lo que no lo es. Por que de lo que no cabe duda es de que esta novela, toda ella, es una gran aventi.
“Y habló Ñito de frías tardes invernales sumergidos en el tibio mar de tebeos y periódicos de acre olor, en la trapería de Java, alrededor de Sarnita y de su voz agazapada, revieja, abyecta y reverencial contando aventis: una cabeza rapada que lucía costras empolvadas de azufre como rabiosas moscas verdes, unas endiabladas manos tiñosas, una hermosa navaja de mango anacarado.”

Memorias de una joven formal, de Simone de Beauvoir


Título original: Mémoires d´une jeune fille rangée
Traducción de Silvina Bullrich
Edhasa
365 páginas.

La Historia de la Literatura nos ofrece una larga lista de mujeres excepcionales, Simone de Beauvoir es una de ellas. Destacó en su faceta de escritora, como filósofa y por lo que significó para el movimiento feminista su ensayo El segundo sexo. No menos importantes son sus memorias que, recogidas en cinco libros, dejaron un testimonio vivo y valioso tanto de ella como de su época. Estos fueron: Memorias de una joven formal, La plenitud de la vida, La fuerza de las cosas, Final de cuentas y La ceremonia del adiós. Para completar su obra autobiográfica deben tenerse en cuenta Norteamérica día a día, un diario donde explica su primer viaje a Norteamérica y Una muerte muy dulce, en el que narra las semanas previas a la muerte de su madre.
El título de este libro también fue traducido como Memorias de una joven de buena familia, que es lo que era Simone, una niña nacida en el seno de una familia típica de la burguesía parisina de principios de siglo XX, con unos padres cultos, conservadores, clasistas, chauvinistas y profundamente religiosos y una hermana menor que siempre fue para ella una cómplice con quien el entendimiento era casi perfecto. Simone tuvo una infancia feliz, fue querida y elogiada por su familia, se sintió siempre una niña especial, satisfecha de sí misma y segura en su entorno. Pero cuando llegó a la adolescencia, lo que ella llamaba “la edad ingrata”, empezó a sufrir ciertos cambios en su persona y en sus creencias... ya no era la niña que se plegaba a lo que dijeran sus mayores. Tras la Primera Guerra Mundial su padre tuvo un revés económico que cambió el destino de toda la familia, tuvieron que mudarse a un piso más barato y los padres reconocieron que sus hijas tendrían que trabajar para vivir porque no tenían dinero con el que respaldar un buen matrimonio concertado, algo muy común en aquella época. Esto dio la oportunidad a Simone de estudiar y convertirse en una mujer que, tras terminar sus estudios, se instaló por su cuenta y vivió de dar clases a jóvenes estudiantes. Tal vez esa imposibilidad económica fue un golpe de suerte para ella, pues el matrimonio por intereses nunca hubiera conseguido que se sintiera tan realizada como el hecho de conseguir su autonomía a través de la formación intelectual.

Simone, en todas sus vertientes, es digna de admiración e interés, sobretodo por el modo valiente en que afronta la vida, rompe con convencionalismos y sigue su propio camino.
Fue una gran lectora, de hecho, los libros fueron su impulso para crecer, de ellos aprendió, en ellos encontró nuevos caminos, a través de ellos se interrogó sobre sí misma. Lecturas como Mujercitas, de Louise May Alcott, El gran Maulness de Henri Alain-Fournier, El colegial en Atenas, de André Laurie, y posteriormente autores como André Gide, Paul Valery y Paul Claudel... son mencionados constantemente, le sirven como referencia, los contrasta consigo misma, debate sobre ellos con amigos y familiares lectores hasta integrarlos como parte de su vida.
En su faceta de escritora descubrimos una mujer que ya con quince años empieza su primer libro. Escribir es un deseo que no la abandona desde la adolescencia, y muchos de los argumentos que se le ocurren tienen una gran base autobiográfica, la necesidad de explicarse a sí misma y al mundo debió ser imperiosa, a tal punto que acabó condensándolo largamente en sus libros de memorias, y algunas de sus novelas no dejan de ser un paralelo de los sucesos que acaecieron en su propia vida, así Los mandarines relata en clave de ficción su relación con el escritor norteamericano Nelson Algren, y La invitada refleja la relación que tanto su compañero Jean Paul Sartre como ella tuvieron con Olga Kosakiewicz, una alumna de Simone en el Liceo de Rouen.
Como filósofa se adhiere a la corriente existencialista, en la teoría y en la práctica, antes de conocer siquiera el Existencialismo ella ya intuía el germen de esas ideas: se consideraba responsable de su vida, sabía que lo que ella llegara a ser vendría de un gran esfuerzo por su parte y siempre fue consciente de su responsabilidad en su propia existencia.
Y por último y no menos importante, como mujer, además como mujer con educación bastante mojigata en una época en la que pocas mujeres estudiaban y todas cedían el primer plano a los hombres, ella no cedió, se mantuvo siempre orgullosa de su feminidad, sin complejos y sin dejarse llevar por convencionalismos se igualó a sus coetáneos de sexo masculino. Tuvo claro desde muy pronto que las mujeres tienen derecho al aborto, así como a decidir no tener hijos o no casarse sin que mermara por ello su condición de mujer.
En otros terrenos se declaró antimonárquica, atea y comunista, su precocidad hizo que ya con veinte años tuviera trazado un ideario completo que luego desarrollaría el resto de su existencia. Así lo cuenta en este libro de memorias que, narrado de manera brillante, explica también con precisión y claridad sentimientos y procesos psicológicos complejos que resultan de esta manera fáciles de comprender, algo que logra en parte por ser una gran observadora, sobretodo de sí misma. Y es que Simone era una mujer que necesitó siempre contrastarse en un diario, un espejo psicológico que le ayudaba a entender los procesos por los que iba pasando. Gracias a esos diarios y a su correspondencia privada pudo luego reconstruir sus memorias y hacernos llegar un testimonio que aúna lo excepcional con lo conmovedoramente habitual, que nos revela una mente privilegiada, una inteligencia afilada e inquisitiva, una intelectual capaz de codearse con las mentes más brillantes de su época, entre las que se incluye Jean Paul Sartre, un compañero de estudios en la Sorbona en quien enseguida reconoció al hombre que desde los quince años ansiaba como compañero. Y así fue.

Habla sin prejuicios de todo lo que vivió y sintió, su gran amistad con Elisabeth Lacon (Zaza), su primo Jacques, que fue también su primer amor, la forma de vida e ideas de su familia, todo lo cuenta sin tapujos excepto lo relativo a su condición bisexual, que mantuvo en discreto silencio.
Posteriormente ejerció de maestra tanto en la Sorbona como en otros lugares de Francia, fundó en 1945 la publicación Los tiempos modernos junto con otros intelectuales de izquierdas de la época, una acusación de corrupción de menores la retiró de la enseñanza, lo que le llevaría a volcarse de lleno en la escritura. Pero esos son momentos desarrollados en otros libros de memorias. Por lo pronto este, el primero que escribió, es interesante en cuanto permite asistir al proceso que llevó a la autora a convertirse en la mujer que fue. Fueron unos años vitales en su crecimiento psicológico e intelectual, en el enfrentamiento a conflictos personales, familiares y sociales que le llevaron a formarse como persona, tomar unos caminos, dejar otros sin ahorrarse los sinsabores, las decepciones, los conflictos y todo lo que significa crecer.
Merece la pena descubrir a Simone de Beauvoir, comprender sus ideas y la forma en que vivió, acercarse y apreciar la gran mujer que se escondía tras esta muchacha de aspecto poco destacable y bastante mal vestida, esta joven formal.

"No, me dije mientras ordenaba en la alacena una pila de platos; mi vida conducirá a alguna parte. Felizmente no estaba condenada a un destino de ama de casa. (...) Yo prefería infinitamente la perspectiva de un oficio a la del matrimonio; permitía esperanzas".

Vida de Pi, de Yann Martel


Título original: Life of Pi)
Traducción de Bianca Southwood
Editorial: Destino
323 páginas

Este libro tiene su origen en una historia que un anciano le contó al Narrador en un Café de Pondicherry (India).
-Tengo una historia que le hará creer en Dios- le dijo el anciano. Y este dejó la novela en la que estaba trabajando, ambientada en Portugal en 1939, para escribir Vida de Pi. No sé cómo hubiera sido la hipotética novela de Portugal, pero esta quedó tan lograda que no podemos sino agradecer aquel encuentro en el Indian Coffee House. El anciano no era otro que Mamaji, amigo íntimo de los Patel y la historia la de Piscine (Pi), el hijo menor de esta familia de clase media que vivían en Pondicherry, donde el padre era dueño y encargado del Zoológico. En 1977, cuando Pi tenía 16 años, se vieron obligados por motivos políticos a emigrar a Canadá. Se llevaron algunos animales, a los que habían vendido previamente a distintos zoológicos de Norteamérica, pero a mitad de la travesía el barco se hundió y sólo Pi quedó a flote en una barca de salvamento junto con una cebra, una hiena, un gorila (Zumo de naranja) y un tigre de Bengala (Richard Parker).

El planteamiento del libro provoca incredulidad a la vez que sorpresa, nos preguntamos cómo hará el autor para desarrollar semejante trama ¿un niño conviviendo en una barca con una hiena y un tigre? Pero sólo hay que ponerse a leer para disfrutar de un relato que fluye con naturalidad, sin extrañeza y así darnos cuenta de que cualquier argumento puede ser factible en manos de un gran y bien informado narrador. Para empezar acierta con la subdivisión: el libro consta de tres partes, cada una esencial para la existencia de las otras dos. En la primera de ellas conocemos a Pi y se nos prepara para la increíble aventura que viene después. Y es que es necesario saber algunas cosas de este adolescente tan especial, por ejemplo que su nombre procede de una piscina de París -Piscine Molitor- y se lo pusieron por capricho de su padre y Mamaji. Sabemos además que vive en un zoológico, lo que le permite conocer a los animales, convivir con ellos y quererlos. También vemos que es un chico sensible, inteligente e ingenioso, que tiene la peculiaridad de profesar tres religiones a la vez, que es valiente, honesto, con un sentido del humor que no pierde ni en los peores momentos y unas tendencias ecologistas que se deslizan entre las páginas del libro.
La segunda parte es el grueso de la novela, la gran y escalofriante aventura, la supervivencia del chico a lo largo de 227 días en medio de la inmensidad del Océano Pacífico. Con una prosa sencilla e imaginativa y un ritmo ágil que no permite que decaiga el interés llegamos, no sé si con más alivio que pena, a la última parte, mucho más breve que las dos anteriores pero decisiva porque Martel nos ofrece un final que nos hace reflexionar sobre todo lo leído.

Pi es un personaje carismático donde los haya, pero Richard Parker no le va a la zaga, el hermoso y peligrosísimo tigre tiene peso específico en la historia por la influencia que ejerce en el adolescente: Richard Parker es el reto que le lleva a superarse a sí mismo, su fortaleza frente a la soledad, su salvación contra la desesperanza. Su único amigo. Richard Parker, una vez leído el libro, se aloja con su rugido y su paso felino en algún lugar de nuestra conciencia como símbolo de toda la nobleza y la fortaleza que quisiéramos hallar en nosotros mismos.
Es bastante positivo que la narración, al menos gran parte de ella, sea en primera persona, y que sea el propio Pi quien la cuente, resulta más cercano y creíble leer de este modo todo lo que pudo pensar y sentir durante esos meses enfrentado a la soledad del mar, al hambre, a las inclemencias del tiempo, al miedo, a la desesperación y al dolor por la pérdida de su familia. En varias ocasiones, todas muy breves y en la primera parte del libro, habla el personaje-narrador, contando el primer encuentro con el anciano y luego bosquejando a un Pi adulto en las entrevistas que le hizo en su casa de Canadá. El padre de familia, el hombre que estudió Zoología y Religión y sobrevivió física y mentalmente a una aventura tan excepcional como increíble. Y es que Martel nos demuestra hábilmente que la vida no es tanto lo que pasa sino cómo la interpretamos y, aún mejor, cómo la contamos, lo cual convierte a la fe en el tema esencial del libro. La religión es una cuestión de fe, parece decirnos, pero la vida también. Y es la confianza del lector en la narración lo que el autor pone a prueba en un juego en el que, paulatinamente, va conduciendo nuestra credibilidad por terrenos que ya en el final tienen un componente fantástico. Sin embargo no se desmarca de una larga tradición realista de literatura de naufragios, de hombres enfrentados al inmenso mar y se deja sentir la presencia y la soledad del viejo marinero de Coleridge, la desesperación de Velasco, de Relato de un náufrago, el miedo de Max, el protagonista de Max y los gatos del brasileño Moacyr Saliar (obra que inspiró este libro) y hasta la isla de Robinson Crusoe parece encontrar su paralelo en esta aventura. Pero, sobretodo, nos remite a la Narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, no es casualidad que uno de los compañeros de naufragio del Señor Pym se llamase... Richard Parker.

Una novela de aventuras que sorprende a cada momento, una alegoría sobre la lucha contra la adversidad y la capacidad del hombre para sobrevivir en situaciones extremas, un interrogante sobre nuestra capacidad para creer, un libro entretenido y completo que nos deja con esa sensación de complacencia que nos invade cuando descubrimos una joya de la literatura.
“Hubo muchos mares. El mar rugió como un tigre. El mar me susurró al oído como un amigo que te cuenta sus secretos. El mar tintineó como el cambio suelto en un bolsillo. El mar bramó como una avalancha. El mar silbó como el papel de lija contra una madera. El mar sonó a una persona cuando vomita. El mar guardó silencio absoluto.”

El día de la langosta, de Nathanael West


Título original: The day of the locust
Traducción de Encarna Castejón
Editorial: Planeta/Backlist
220 páginas

De la fábrica de sueños que Hollywood siempre fue ha quedado un rastro de ilusiones rotas ya desde sus principios, a comienzos de siglo pasado. Y es que no todo fueron las inmensas riquezas que se crearon, el glamour y el rutilar de las grandes estrellas por los pasillos de los estrenos. La industria del cine en Hollywood esconde una parte menos conocida, y menos amable en muchos casos, que algunos autores han sabido tratar en sus libros con gran pericia. Es el caso de Budd Schulberg, que narra en su estupenda novela El desencantado las dificultades de un escritor en decadencia que tiene que ganarse la vida redactando guiones, y de Francis Scott Fitzgerald, que en su inacabado El último magnate nos cuenta la historia de uno de sus famosos y casi omnipotentes productores y todas las grandezas y miserias que le rodean.
Muchos escritores de aquellos años, incluido el autor de El día de la langosta, trabajaron como guionistas en Hollywood, no es de extrañar que se hayan escrito algunas buenas obras sobre este mundo fascinante de los pioneros del Cine.
Y es que en una época de crisis económica, la desilusión y la sensación de fracaso de la gente era grande y aún se acentuó por tener tan recientes los espléndidos años veinte. En parte por esta desilusión muchos narradores norteamericanos encaminaron sus escritos hacia la denuncia de una sociedad que no les gustaba. Escritores como John Steinbeck, John O´hara, Erskine Caldwell y el mismo Nathanael West denunciaron las mentiras del llamado sueño americano.

¿Y qué mayor y más bonito sueño que el Cine?

Hollywood era en los años treinta un negocio floreciente en contraste con otros sectores de la economía norteamericana. Era un lugar de buen clima y repleto de decorados de fantasía, un escenario engañoso de felicidad donde muchos fueron en busca de su oportunidad.
Así ocurre con los personajes de esta obra. Tod Hackett es el protagonista y el hilo conductor de la novela, a través de él conocemos a todos los demás. Trabaja como diseñador de decorados y está obsesionado con demostrar al mundo su talento como pintor con su lienzo El incendio de Los Ángeles. Se enamora de Faye Greener, una aspirante a estrella que vive con su padre, que trabajó como payaso aunque ahora se gana la vida vendiendo limpiador de metales a domicilio.
También Homer Simpson (que nada tiene que ver con el personaje homónimo de Matt Groening) ha ido a Los Ángeles, por motivos de salud, y se enamora a su vez de Faye que, sin embargo, parece sentirse atraída por Earle Shoop, un secundario de películas del oeste, y después por su amigo Miguel, el mexicano criador de gallos de pelea.
Hay más personajes, arquetipos de los que pudieron existir en aquella época y lugar, pero dotados con la peculiaridad de la vida que les sabe insuflar el autor: El mafioso Abe Kusich; el guionista de éxito Claude Estee; Maybelle Loonis, una madre dispuesta a sacrificarlo todo para que su hijo de ocho años se convierta en una estrella; la Señora Jennings, antigua actriz de cine mudo que ha montado un negocio de citas por teléfono; y la familia Gingo, esquimales de Alaska a quienes trajeron para rodar unas tomas sobre una expedición al Polo y, una vez terminadas, decidieron no volver a su tierra.
Se podría creer que el autor los conoce a todos por lo bien que los define y por lo impecable de su trazado psicológico, y quizás fue así ya que durante una temporada estuvo viviendo en un hotel en Hollywood, cuando trabajó como guionista, lo cual hace posible que El día de la langosta tenga un componente autobiográfico.

Estamos ante un relato lineal, de lectura sencilla e interés progresivo. Con un estilo preciso y bastante directo West escribe una novela que hace hincapié en lo grotesco y lo violento de algunas situaciones. Es el caso de la pelea de gallos, de una intensa crueldad; de una violación imaginada; de las manos de Homer, enormes, temblonas e hinchadas, siempre en movimiento porque no encuentran su lugar en ningún lado; del modo humillante que Faye trata a Homer y del comportamiento del enano mafioso Kusich.

Sunset Boulevard, Western Avenue, Ivar Street... por las calles de la Meca del Cine pasean todas las personas que, según Tod, van a morir a California, los mismos que él quiere reflejar en su cuadro El incendio de Los Ángeles, que consiste en la imagen apocalíptica de una muchedumbre incendiaria y devastadora, una masa de gente embrutecida por la imposibilidad de conseguir sus sueños, visión premonitoria del sorprendente desenlace de la novela y que a su vez justifica el título de reminiscencias bíblicas: una multitud deshumanizada y destructora como una plaga de langosta.
Y este es, precisamente, el mayor acierto y originalidad de este libro, ofrecernos un Hollywood visto a través de uno de los personajes, no sólo de manera realista sino también de modo metafórico y bastante surrealista. Da su visión de una sociedad diversa e insatisfecha que busca refugio en los credos más extravagantes: La Iglesia física de Cristo, la Iglesia invisible, el Tabernáculo del tercer adviento, la Cruzada contra la sal... una sociedad donde hay gente que ha venido de diversos puntos de los Estados Unidos después de una vida de trabajo y ahorro se encuentran con que el paraíso de sol y diversión que imaginaron no es lo que esperaban, un lugar donde muchos persiguen el triunfo, la fama, la estela de un sueño que vuela más allá de lo que pueden alcanzar.
Y todo eso lo plasma Tod en su cuadro. Es interesante ver, a lo largo del libro, cómo ese óleo va tomando forma. Lo vemos tras sus primeras pinceladas, después reconocemos a algunos de sus personajes: Homer, Faye, Harry. Lo encontramos finalmente acabado, expresando todo lo que Tod, o el autor (¿acaso no es lo mismo?) alguna vez quisieron expresar.
Como un nuevo Jeremías el protagonista anuncia una catástrofe que encuentra su paralelo en la debacle particular que suponen las ilusiones perdidas para cada uno.
He aquí un detalle del lienzo:
“En El incendio de Los Ángeles, Faye es la muchacha desnuda en primer término, a la izquierda, a quien persigue el grupo de hombres y mujeres que se han separado del núcleo principal de la multitud. Una de las mujeres está a punto de tirarle una piedra para derribarla. Ella corre con los ojos cerrados y una extraña media sonrisa en los labios.
A pesar de la soñadora serenidad de su rostro, su cuerpo se esfuerza por hacerla correr a la mayor velocidad posible. La única explicación de este contraste es que la muchacha disfruta la libertad del vuelo salvaje de manera muy parecida a un ave de caza cuando, después de ocultarse durante tensos minutos, sale bruscamente de su refugio con un pánico total e irreflexivo”.


Backlist ha recuperado para nosotros esta novela fundamental, y cualquier cinéfilo enamorado de los libros sabrá valorar en ella el punto de genialidad que al autor no se le reconoció en vida. Por suerte nosotros sí tenemos la posibilidad de valorarlo como merece.

“Hay pocas cosas más tristes que lo realmente monstruoso”.

sábado 8 de agosto de 2009

La madre del Capitán Shigemoto, de Junichiro Tanizaki


Traducción del inglés: Mª Luisa Balseiro
Editorial Siruela
170 páginas

Esta novela, que fue publicada en 1949, es un relato primorosamente confeccionado, en el que se reconstruye la vida de la Dama de Ariwara. Se recobra la memoria de una historia que tuvo lugar a principios de siglo X, extrayendo retazos que sobre la misma hay distribuidos en diversos escritos de la literatura tradicional japonesa, en concreto textos de la época Heian (794-1185), desde el Heiju Monogatari a la Colección posterior, de El diario de Shigemoto a las Historias de tiempos pasados. Unas ficticias, otras reales, todas válidas para recrear este relato y darle un brillo casi histórico. De aquí y de allá el narrador va tomando datos y los vacíos se rellenan con suposiciones, fórmulas del tipo “parece probable que...”, “seguramente...” o “hay que sospechar...” que consiguen que los lectores nos sintamos privilegiados de leer una historia tan antigua y valiosa, que ha sido reconstruida para nosotros y de cuya magnífica elaboración nos deleitamos. Porque el estilo de Tanizaki, empapado de una larga tradición de escritura clara y precisa, nos obsequia con una prosa bella y exacta, donde nada es superfluo y se consigue, con las palabras justas, decir todo lo necesario para la satisfacción del lector más exigente.

La construcción del relato es un gran logro. Con mucho acierto Tanizaki crea una protagonista que apenas se deja ver, vive en la sombra, en los cuartos traseros y apenas sale a escena, una mujer de extraordinaria belleza y con un tenue olor a incienso que no se manifiesta pero impregna cada línea y va cobrando fuerza hasta revelarse, en toda su grandeza, como la mujer que marcó el destino de muchas personas. Nacida hacia 884, su vida está profundamente marcada por los hombres que la rodearon, tanto que ella es eso: la nieta del poeta Ariwara Narihira, la esposa del consejero Kunitsune y luego del ministro Shihei, la amante de Heiju y la madre de Shigemoto. Los hombres que le amaron y decidieron su destino.
Con apenas 20 años la Dama de Ariwara, de la que no conocemos el nombre, es la esposa del anciano consejero Kunitsune, que, abrumado por su incapacidad de satisfacerla sexualmente, se la “regala” a su sobrino, el Ministro Shihei, que la codicia como codiciaba el puesto de Ministro de la Izquierda. Shihei es un hombre ambicioso y voraz que no duda en aprovecharse de la situación para arrebatarle a la mujer aún sabiendo que es su mayor tesoro, lo que más ama en el mundo. Ante la mirada perpleja de Heiju, otro Don Juan, amigo del Ministro, que hasta entonces había sido el amante de ella.
Ese momento crucial marca el destino de sus vidas, la desdicha de Kunitsune, el declive de Heiju, el abandono de Shigemoto, la tristeza de la Dama, que tan bella como desdichada, no tiene voz en su propio destino.

Tanizaki admiró la literatura occidental y en su obra plasma esa dualidad Oriente-Occidente, tampoco escapa a la dicotomía tradición-modernidad. Sin embargo, La madre del capitán Shigemoto, es una de las más clásicas de sus novelas, por su estilo, que recrea la estética literaria tradicional en Japón. Dicen que esta vuelta a la literatura tradicional se debe al descubrimiento del Gengi Monogatori de Murasaki Shikibu, que le dejó tan impresionado que marcó algunas de sus novelas posteriores, como esta y también la Historia de Shunkin o El cortador de cañas. El erotismo que es propio de sus novelas se percibe solo levemente en esta, a cambio, aparece un triángulo amoroso, como en otras de sus obras y se toca el tema de la capacidad sexual en la edad madura, en el que luego insiste con La llave o Diario de un viejo loco. Aunque el tema principal es la madre, o la ausencia de ella, una nostalgia que impregna todo el libro y que parece ser un sentimiento autobiográfico, pues la madre de Tanizaki murió muy joven.

Tradicional en su estilo, universal en su temática, de ritmo lento y rica en detalles, esta es una novela para recrearse en ella, sus 170 páginas nos transmiten tanta emoción y belleza que no es necesario más. Las palabras que lo componen bastan para hacernos llegar su mensaje, darnos a conocer un drama donde pierden todos, y el que más pierde es el que menos culpa tiene: un niño llamado Shigemoto.
Aquel momento fue el único de su vida en el que Shigemoto vio el rostro de su madre con claridad. La imagen de sus facciones en aquel instante, y el impacto de su belleza, se grabaron a fuego en su mente y ya no se desvanecieron jamás.

martes 9 de junio de 2009

Cristo de nuevo crucificado, de Nikos Kazantzakis

Título original: Ο Χριστός ξανασταυρώνεται
Traducción: José Luís de Izquierdo Hernández
Ediciones Carlos Lohlé
541 páginas

En Licovrisí, una aldea de griegos bajo el dominio turco, se representa la Pasión de Cristo una vez cada siete años. Los sabios o notables eligen entre los habitantes del pueblo a aquellos a los que más identifican con cada personaje del Evangelio. En esta ocasión, al poco de haber repartido los papeles llegan un grupo de griegos harapientos cuyo pueblo fue arrasado por los turcos y buscan un lugar donde asentarse. Los mandatarios de Licovrisí, temerosos de la enfermedad que traen consigo y no queriendo compartir su riqueza de pueblo próspero los expulsan, pero aquellos no van muy lejos y se refugian en las cuevas de un monte cercano, el Sarakina.
La transmutación de los aldeanos elegidos como personajes bíblicos en los personajes que interpretan y defensores de los desterrados del Sarakina es un buen recurso que el autor explota para establecer paralelismos entre la historia del Evangelio y la de Licovrisí, proponiendo al lector un juego de similitudes que le resultan familiares y le guían a lo largo de todo el relato. Así Manolios, Michelis, Yannakos, Kostandis, Katerina y Panayoratos van metiéndose progresivamente en la piel respectiva de Cristo, Juan, Pedro, Santiago, Magdalena y Judas.
Los notables del pueblo son el Capitán Furtunas, el avaro empresario Ladas, El arconte Patriarqueas, el pope Grigoris y el maestro Hadji Nikolis. Y en representación del poder invasor que ahora es turco pero en su momento fue romano está el agá, un ser depravado que sólo vive para los placeres terrenales y ve divertido todas las desgracias que acaecen a sus súbditos griegos.

La llegada de los desarraigados es el punto de partida de unos acontecimientos que cambiarán profundamente la vida del pacífico pueblo y demostrará una vez más la certera cita de Hobbes: El hombre es un lobo para el hombre. Y eso es algo que Kazantzakis sabía de sobra. Tuvo que ser muy observador para poder mostrar de la manera que lo hace el alma humana hasta en sus más oscuros recovecos. Sus personajes desbordan vida y credibilidad, siguiendo la estela del mítico Zorba, escrito dos años antes, creó personajes como el agá, Manolios o el pope Fotis de esta novela. Todos ellos profundamente humanos, aunque también exalta aquello que de animal tiene el hombre en cuanto a sus instintos, que se ven comparados una y otra vez a través de su comportamiento: la voracidad, la sexualidad, la defensa del propio territorio, todo encuentra su referencia en la vida animal que tanto debió entusiasmar al autor, no en vano dos de los más carismáticos protagonistas de la novela son animales, el burrito Yusufaki y el carnero Dassos. Se percibe un gran amor por la naturaleza, no sólo por los animales, también por los paisajes: casi cada capítulo tiene una breve introducción que describe los campos, el cambio de estaciones, deleitándose en los colores, los sonidos, transportándonos de un plumazo a aquellos terrenos tranquilos que rodeaban Licovrisí:
La montaña exhalaba olor a menta y a tomillo; la noche se deslizaba azul y transparente. Muy de tarde en tarde se oía el ulular de algún ave nocturna y el atrapar orugas, ratones o escarabajos. Las estrellas esa noche se veían tan bajas que parecían suspendidas entre cielo y tierra.
No faltan tampoco las referencias al pueblo griego como cultura, a su mitología e historia, así se menciona a Caronte, Apolo, Alejandro Magno... e incluso hay un personaje, una mujer llamada Penélope que teje calceta sin parar, aunque esta no espera a ningún Ulises sino que, simplemente, vive ajena a la realidad. Kazantzakis lo describe magistralmente:
Pero la interpelada zurcía, abismada en una beatitud y un entumecimiento supraterrestres; no oía nada; por un momento levantó la mirada, ni triste ni alegre, pero sin brillo. Esa mirada pareció atravesar la piel y los huesos del viejo Ladas y, detrás de éste, el muro de la casa, y después del muro, el camino, la aldea, la llanura y, más lejos todavía el monte Sarakina, y detrás del Sarakina, lejos, lejísimos, el mar; y más allá del mar, algo infinito, inmóvil, de un negro inquietante, la Nada. Ella bajó de nuevo los ojos a los calcetines y volvió a hacer calceta deprisa, cada vez más deprisa, para terminar a tiempo.

El estilo de Kazantzakis es sencillo, con abundancia de diálogos y descripciones, no quita que bajo la sencillez de su forma haya un fondo mucho más denso, una lectura que da lugar a una infinidad de reflexiones: ¿Cómo es la convivencia diaria entre pueblos que históricamente se odian tanto como son el turco y el griego? ¿No ha cambiado la codicia humana en casi dos siglos?, La llamada Iglesia cristiana, sea ortodoxa o católica, ¿tiene algo que ver con el Evangelio y con el mensaje que dio Jesucristo? ¿Fue Jesús el primer líder comunista?
Y es que la religión es un tema que el autor toca una y otra vez en sus novelas, siempre le interesó y así fue que surgieron libros como este o como La última tentación de Cristo, obra que saltó a la fama cuando Martín Scorsese la llevó al cine en 1988 aunque mucho antes, en 1957, ya había sido llevada a la pantalla la historia que nos ocupa de la mano de Jules Dassin y con el nombre de El que debe morir. Se puede decir que la religión fue una obsesión para Kazantzakis, en El jardín de las rocas incluso se atreve a hacer una incursión en Buda y el nirvana.
No es de extrañar que fuese excomulgado después de escribir unas novelas que ocultan una profunda crítica a las instituciones eclesiásticas y aportan una nueva visión del cristianismo que no debió gustar a los poderes de la Iglesia.

Cristo de nuevo crucificado es una historia redonda con gran carga dramática, acaba igual que empieza y, sin embargo, ha pasado de todo. Quizá quiera decir con esto el autor que no hay solución para el hombre, una y mil veces se crucificaría a Jesucristo, una y mil veces dejaríamos morir al vecino de hambre, mataríamos por codicia o traicionaríamos por celos... y sin embargo no se pierde la esperanza de que todas y cada una de esas veces haya un grupo de personas que se revelen, un grupo que remueva las conciencias, que se sacrifiquen por todos los demás y les rediman.


Si Cristo descendiese hoy a la tierra, a un mundo como este, ¿qué crees que llevaría sobre los hombros?, ¿una cruz? No, una lata de petróleo.

domingo 24 de mayo de 2009

Trópico de Cáncer, de Henry Miller

Título original: Tropic of Cancer
Traductor: Carlos Manzano
Colección Clásicos del siglo XX

¿Por qué Miller llama a este libro Trópico de Cáncer? Tal vez sea un nombre escogido al azar o puede que para él fuera simbólico, pero yo apenas he encontrado referencias en su lectura para saberlo. Hay un momento en que dice:
Tienes que estar en un país extraño como Francia, caminando por el meridiano que separa los hemisferios de la vida y la muerte, para saber qué incalculables perspectivas se abren ante ti.
Y tampoco es que esto aclare mucho. Sin embargo años más tarde repitió con Trópico de Capricornio. Lo evidente es que desde su primer libro, que es este, Miller ya sabía qué quería transmitir y cómo hacerlo, y lo hace con todas las trazas de un escritor experimentado. Las reflexiones que encontramos sobre la escritura y los escritores demuestran que había reflexionado mucho al respecto.

Miller llega procedente de Estados unidos al París de los años 30, como tantos otros artistas, a comenzar su carrera como escritor. Su mujer, Mona, le envía dinero desde Nueva York pero no es suficiente para sobrevivir y tiene que buscar trabajo de lo que sea: asistente personal, corrector en un periódico, profesor de inglés... y si no hay trabajo recurrir a amigos y conocidos a quien sonsacar una invitación a comer o pedir unos sous. Tales eran las privaciones por las que pasó. No fueron, ni para él ni para muchos otros, unos comienzos fáciles.
Pero también había diversión, anécdotas con los amigos, con las mujeres, un mundo estrafalario de extranjeros en París, todos desarraigados, buscando su lugar con desesperación, con un futuro incierto por delante en una ciudad que quizá no era lo que esperaban.
Y en esto consiste este libro, en gran medida autobiográfico, en hablar sobre esas personas que conoció, los buenos y malos momentos, las anécdotas, las reflexiones sobre el mundo, sobre París, la literatura, la Sociedad... variedad de temas que mirados por un prisma mordaz revelan la idiosincrasia del autor, lo que piensa de cada cosa de la que habla, ya sea París ( París es como una puta. Desde lejos parece cautivadora, no puedes esperar hasta tenerla en los brazos y cinco minutos después te sientes vacío, asqueado de ti mismo. Te sientes burlado.), Estados Unidos (América es la encarnación misma de la fatalidad. Va a arrastrar al mundo entero hasta el abismo sin fondo.), la literatura (Hasta ahora, mi idea, al colaborar conmigo mismo, ha sido abandonar el patrón oro de la literatura. En pocas palabras, mi idea ha sido presentar una resurrección de las emociones, describir la conducta de un ser humano en la estratosfera de las ideas, es decir, presa del delirio.) o la Iglesia (Sabía que existía una cosa así, pero también sabes que hay mataderos, depósitos de cadáveres y salas de disección. Instintivamente evitas semejantes lugares.)

En un universo masculino de putas, juergas, borracheras y enfermedades venéreas que es el de Miller, nos muestra todo desde una óptica nihilista y algo misógina, donde las mujeres son tratadas con la misma acidez que el resto de temas pero no se les dan más concesiones que la de ser unos seres bastante desquiciados a los que usar para echar un polvo y luego olvidarse, mientras los personajes masculinos, también bastante desquiciados, parecen tener más crédito a sus ojos, al menos se acerca a ellos más dispuesto a empatizar, tal vez porque se parecen bastante a él mismo.
Pero eso es Miller, lo que piensa sin tapujos y por su sinceridad, que a veces puede ser deseo de provocación, se hace el relato interesante.
Su lenguaje es crudo, iconoclasta, agresivo, y es esta una de las razones por las que causó tal conmoción en la puritana sociedad de su época (esta novela estuvo censurada en su país hasta la década de los 60). El modo en que aborda las relaciones sexuales, aunque muy controvertido, tuvo el benéfico efecto de romper tabues y permitir que, a partir de entonces, otros autores se permitieran tocar el tema de una manera más libre. En este y en otros sentidos Miller fue un pionero y arrastró tras su estela a lo que se llamó la generación beat además de ser una pieza clave del postmodernismo.
Dentro de su discurso hay un cambio de tono entre la narración de las anécdotas, con una prosa sencilla y fluida, y la reflexión, con un lenguaje metafórico, complicado, erudito y, ciertamente, brillante donde escribe un monólogo interior basándose en la técnica de flujo de conciencia tan en boga en esos años.

Una galería de personajes pueblan esta memoria, la mayoría muy fugaces, desaparecen del mismo modo que desaparecieron de la vida del autor. Sólo algunos permanecen a lo largo del libro, los que se pueden llamar sus mejores amigos: Carl y Fillmore. Y Mona, trasunto de su mujer June Mansfield, que posteriormente volvió a aparecer en su trilogía llamada La crucifixión rosada.

No hay que dejar de conocer a Miller: sorprende, molesta, gusta, cautiva, en cualquier caso algo mueve en la conciencia de cada lector con su búsqueda de lo auténtico.
Su prosa es un grito, un aullido, una verdad que le duele en la conciencia y necesita decir al mundo:
Puede que estemos condenados, que no haya esperanza para nosotros, para ninguno de nosotros, pero, si es así, ¡lancemos un último alarido agónico, espeluznante, un chillido de desafío, un grito de guerra! ¡Al diablo las lamentaciones! ¡Al diablo las elegías y las endechas! ¡Al diablo las biografías y las historias, las bibliotecas y los museos! Que los muertos se coman a los muertos. Bailemos los vivos en el borde del cráter, bailemos una última danza agónica. Pero, ¡una danza auténtica!