miércoles 14 de marzo de 2012

17/30. Uno de este año: La familia Moskat, de Isaac Bashevis Singer

Esta es la historia de la familia de Meshulam Moskat, casado en primeras nupcias con Minna, de quien tuvo a Joel, Pearl, Hama y Nathan. Su segundo matrimonio fue con Yente Malka, y con ella engendró a Pinnie, Nyunie y Leah, y por tercera y última vez se unió a Rosa Frumetl, que tenía una hija, de un matrimonio anterior, llamada Adele.
Meshulam fue siempre hábil con las finanzas: edificó, invirtió y especuló en bolsa. Con el tiempo fue propietario de varios edificios y de las rentas que estos producían vivían sus hijos y nietos, que ejercían de administradores y cada mes le rendían cuentas.

Nos encontramos en la Varsovia de antes del Holocausto, donde acontecen las diversas historias que se entrecruzan en esta novela, todas dentro del ámbito de la comunidad judía que habitaba en la ciudad, cuando todavía las restricciones no eran tan graves ni el odio hacia ellos tan intenso, de modo que aún podían hacer sus vidas y seguir sus preceptos sin trabas. Y eso es lo que nos muestra Singer en esta estupenda novela en la que se adentra en el universo judío con sus diferentes facciones, su manera de vivir y relacionarse, y los cambios que irremediablemente van afrontando. Esta particularidad es uno de los grandes valores de La familia Moskat y la razón por la que interesa leer más de Singer.
Aunque hay más razones, por supuesto, su prosa es sencilla y certera, con pocas descripciones es capaz de crear ambientes y dar a conocer a sus personajes. Como un prestidigitador de las palabras supo escribir una saga como esta sin que, a pesar de la cantidad de personajes, resulte un problema para la comprensión. Esto lo logró centrándose en varios de ellos y manteniendo a los demás presentes pero sin profundizar excesivamente en sus vidas. Así podemos destacar de entre el elenco de personajes a Abram Shapiro, marido de Hama, el yerno escandaloso e irreverente del patriarca Moskat; a Adele, la hijastra de Meshulah y a su nieta Hadassah, amando las dos a un hombre, Asa Heshel, a quien resulta muy difícil amar. Y también Leah, la hija más joven de Meshulah, que vive enamorada de Koppel Berman, administrador y consejero de la familia, un hombre casado y con hijos.

Como fondo tenemos los cambios que experimenta la comunidad judía, en un momento en que muchos de ellos comienzan a emigrar a Estados Unidos. Los más conservadores siguen confiando en la llegada del mesías que les liberará de todos su problemas, su tradicionalismo en algunos casos se convierte en fanatismo. Los sionistas no reniegan de la llegada del mesías pero son reacios a esperar y quieren forzar una solución para el pueblo judío. Así son muchos los que emigran a Palestina y empiezan a colonizar la futura Israel.

-¿Es una familia numerosa?
-Un ejército. De todas las especies, como en el arca de Noé. Pero ¿de qué sirven los números? Nosotros, los judíos, te lo aseguro, estamos edificando sobre arena. Vivimos en el aire. No nos dan una oportunidad.
-¿De verdad crees en Palestina?
-¿Por qué? ¿Tú no crees en ella?
-¿Qué haremos si los turcos se niegan a entregárnosla? No se los puede forzar.
-Tendrán que entregarla. Existe algo llamado la lógica de la historia.
Y, mientras tanto, ellos celebran el Sabbath, el Purim, la januká y resto de conmemoraciones que les son propias, las mujeres se peinan con trenzas enroscadas hasta que se casan y se rapan el pelo para ponerse la tradicional peluca de matrona. Los hombres se visten con negro ropaje y lucen luengas barbas. Unos y otros parecen incapaces de comprenderse en esta novela donde la idea de pareja queda bastante maltrecha: ni un matrimonio feliz, estable o tranquilo en sus páginas. Da la impresión de que Singer plasmó su gran desilusión al respecto impidiendo a sus personajes ser felices en el amor, haciendo que se casen y se divorcien constantemente, que los más bellos romances se envilezcan, y que se pase del amor al odio con demasiada frecuencia.

No es un libro alegre, por descontado, las contingencias históricas y las biografías de los protagonistas hacen de La familia Moskat una novela bastante nostálgica, que sirve para reflexionar sobre la historia, sobre el pueblo judío y, cómo no, sobre el ser humano en general.

Yanek nunca se cansaba de oír hablar de esta gente que había vivido durante ochocientos años en suelo polaco y nunca habían aprendido la lengua polaca. ¿De dónde venían? ¿Eran descendientes de los antiguos hebreos? ¿Eran, tal vez, nietos de los Khazars? ¿Qué ideal los mantenía unidos? ¿De dónde sacaban aquellas barbas negras como el carbón o rojas como el fuego, aquellos ojos indómitos, las pálidas caras aristocráticas? ¿Por qué los odiaban las naciones de manera tan feroz? ¿Por qué fueron expulsados de tantos países? ¿Cuál fue la apremiante urgencia que los envió a Inglaterra, a América, a Argentina, a Sudáfrica, a Siberia, a Australia? ¿Por qué ha sido precisamente ese pueblo el que ha dado al mundo a Moisés, a David, a los profetas, a Jesús, a los apóstoles, a Spinoza, a Karl Marx.

martes 6 de marzo de 2012

16/30. Uno ruso que sí haya leído: Anna Karenina, de Lev Tolstoi

He leído a varios escritores rusos, no sé si suficientes para poder considerarme admiradora de la literatura de aquel país. Creo que Rusia tiene una historia interesante, aunque trágica, y que los rusos son una gente sufrida a la fuerza que parecen explorar el largo y el ancho de la desesperación y el drama en sus expresiones artísticas.

Con Anna Karenina conocí el universo de ese inmenso autor que es Tolstoi. Fue el primer libro que leí de él y lo elegí porque en aquel tiempo estaba interesada en ese subgénero que se dio en el siglo XIX en el que se trataba de cerca el adulterio de la mujer y la forma en que esto afectaba a la sociedad circundante y a ella misma. En una época en que la infidelidad femenina era algo tan grave y tan digno de castigo, las que lo hacían no sólo arriesgaban su honra, también su posición social, sus amistades y todo cuanto tenían.
También en esos años leí Madame Bovary, El primo Basilio, La Regenta y Effi Briest, un compendio de mujeres que se aventuran en lo prohibido y, de la mano de plumas geniales, visité Francia, Lisboa, la ficticia Vetusta en España, Alemania y, por supuesto, la capital rusa con la bellísima Anna, que es infiel a su marido, un alto funcionario del gobierno, con un joven oficial: el conde Vronsky. El ostracismo al que se ve condenada por esta causa, el rechazo de su marido, la pérdida de su hijo y la ausencia de vida social pues todos los amigos que había frecuentado hasta entonces le dan la espalda, es suficiente para amargar la vida de esta mujer sensible.
Para colmo la relación con Vronsky se complica, van a San Petersburgo, viven una temporada en el campo, vuelven a Moscú... el marido de Anna no le concede el divorcio y Vronsky sigue haciendo vida social mientras ella se consume de celos y soledad.

Hay muchas razones para leer esta novela que, además de un interesante argumento, contiene una magnífica descripción de la aristocracia de la época zarista, con sus diversiones, su falsa moral, sus convencionalismos y su amor por todo lo francés. Es una obra monumental, en extensión y en intensidad, una joya de la literatura que estaría bien que todos leyéramos en algún momento de nuestra vida.

Quisiera mencionar por último un detalle que siempre me gustó de este libro: su comienzo.

Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera.

miércoles 29 de febrero de 2012

Pasaje de Luz de agosto, de William Faulkner

Hubo momentos en los que el whisky parecía evaporarse, y otros en los que se renovaba para evaporarse una vez más, pero la calle no acababa nunca. Desde aquella noche, los miles de calles se alargaron hasta no ser más que una, con sus esquinas imperceptibles, con cambios de decorado rotos de cuando en cuando por trayectos en coche que él solicitaba, por trayectos furtivos en ferrocarril, en camiones, en carretas de campesinos donde, a los veinte, a los veinticinco, a los treinta años, se sentaba en el pescante (...). La calle pasó a través de los estados de Oklahoma y de Missouri, descendió hacia el sur, hasta México, y luego subió de nuevo al norte, a Chicago y a Detroit, antes de descender una vez más y detenerse al fin en el estado de Mississippi. La calle tuvo una longitud de quince años. (...) Y siempre, más tarde o más temprano, la calle acababa atravesando ciudades, barrios idénticos y casi intercambiables, de nombres olvidados, donde, bajo la oscura bóveda, equívoca y simbólica, de la medianoche, se acostaba con mujeres que pagaba cuando tenía dinero.(...)
Una tarde, la calle se transformó en una carretera rural del estado de Mississippi.


viernes 24 de febrero de 2012

15/30. Uno que haya amado hace años y del que hoy reniega.

Por muchas vueltas que le he dado no recuerdo ningún libro que haya amado hace años y del que hoy reniegue, ni tan siquiera que no me guste.
Es cierto que no releería ciertos libros que leí hace años porque creo que no me gustarían como la primera vez y me daría pena perder la sensación que ha dejado su lectura en mi recuerdo. Quizá me pasara esto con alguna novela de Isabel Allende, Arundathi Roy y muchas de las que me gustaron en mi infancia y adolescencia. Pero, aunque ya nada fuera lo mismo, aunque ahora me resultaran aburridos, insulsos, o vaya-usted-a-saber no renegaría nunca de ellos. Creo que las lecturas que uno ha amado merecen un gran respeto porque nos acompañaron y nos hicieron felices en un momento dado y eso merece que, como mínimo, se les recuerde con cariño.

Así que no puedo mencionar ni uno sólo que me haya gustado y ahora aborrezca porque no lo hay, y si lo hubiera lo omitiría por una sensación que tengo entre el respeto y el no querer traicionarme a mí misma, a la lectora que fui, a la lectora que soy.

jueves 16 de febrero de 2012

14/30. Uno que haya odiado hace años y hoy admira: La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.

No hay ningún libro que haya odiado y ahora me encante. Hay, eso sí, un libro que no me resultaba atrayente en absoluto y luego, cuando me decidí a leerlo, se convirtió en una de mis novelas favoritas, además de descubrirme a un autor que resultó ser un filón.
Estoy hablando de La insoportable levedad del ser. Lo tenía en casa porque lo compré de una colección que RBA sacó a principios de los noventa y vino junto con otro que me gustaba mucho. Pasó años en la estantería. El título me desalentaba, me hacía pensar que sólo podía tratarse de una novela densa y quizá algo pedante. Cientos de veces pasé por delante sin prestarle mucha atención y dudando seriamente que alguna vez lo llegase a leer.

Por suerte un día dejé mis prejuicios de lado y me sumergí en sus páginas. Cuál fue mi sorpresa al encontrarme una lectura sencilla y a la vez interesante que me atrapó desde la primera página. Lo que me hechizó de Kundera es su capacidad para lo que yo llamo “la filosofía de estar por casa”. Analiza con brillantez pequeños sucesos y sentimientos de la vida cotidiana, hablando de sus personajes habla de todos nosotros y es muy difícil no sentirse identificado con alguna de las situaciones que relata. ¿Para qué preocuparse de la procedencia de la humanidad si, en el día a día, las relaciones entre los seres humanos plantean incógnitas más sugestivas e inmediatas?

El libro trata de una relación entre un hombre, Tomás y una mujer, Teresa, pero también de la relación de amantes que Tomás tiene con Sabina, y de Franz, el amante de Sabina. La mayor parte de reflexiones de esta novela giran en torno a la pareja y el complejo mundo de la sexualidad y los sentimientos en un relato complejo pero fácil de entender en el que Teresa muere de celos y Tomás la ama hasta el punto de ser “la única mujer con la que le apetece dormir”, pero no puede renunciar a la sexualidad con otras mujeres.
Como telón de fondo se nos presenta una Chequia bajo la férula del comunismo y cómo esto afecta a las personas en su vida cotidiana hasta el punto en que muchos sueñan con emigrar, tema que es una constante en las obras de este autor.

Una novela que invita a la reflexión, una lectura amena y una gran capacidad de escribir se esconden tras un título que, aún hoy, sigo aborreciendo, aunque también le encuentro cierto significado tras haber leído el libro.
Esta experiencia me enseñó a que hemos de dar el valor justo a los títulos. Que uno bonito o evocador resulta muy atrayente, pero uno que no nos agrade ni nos llame la atención puede esconder tras sus páginas horas de buen entretenimiento e incluso una lectura que nos acompañará toda nuestra vida.

El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto a alguien.

martes 7 de febrero de 2012

13/30. El primer libro que leyó en su vida: El diario de Ana Frank

En realidad no se cual es el primer libro que leí, probablemente alguno de la serie Los cinco, de la maravillosa Enid Blyton, que tantos buenos ratos me hizo pasar. También recuerdo una colección de libritos que se titulaba Cuentos escogidos, de la cual tenía un par de tomos profusamente ilustrados (uno de ellos con un error de imprenta: algunas páginas en blanco) y que leía una y otra vez. O los de la colección El Molino que tomaba prestados de la biblioteca del cole, todos ellos con protagonistas adolescentes que descubrían su vocación para el futuro.
Mercedes e Inés o cuando la tierra gira al revés, Las travesuras de Julio, Mi planta de naranja-lima, los inolvidables ilustrados de Bruguera... mis tardes de infancia pasaron con uno de estos libros siempre entre manos, y alguno más, todos libros para niños.

Pero quiero mencionar mi primer libro “para mayores”: Tenía yo unos doce años y me regalaron El diario de Ana Frank. No imaginaba que iba a quedar tan impresionada. Era una edición de la colección El ave fénix donde se veía el rostro de la niña y al fondo un edificio, que bien pudiera ser aquel en el que vivió escondida con su familia durante tanto tiempo. Por aquel entonces para mí el Holocausto era algo difuso, que no sabía bien de lo que se trataba y se veía de manera tangencial en algunas películas pero con esta lectura abrí los ojos a una realidad tan dolorosa como indignante. Tanto más porque la Ana del libro y yo teníamos la misma edad, parecidos problemas generacionales y muchos intereses en común.

Éramos dos niñas como tantas otras pero ella no podía salir de aquel anexo en el que estaban refugiados, tenía que vivir entre cuatro paredes y corría peligro de muerte por ser judía. Desolador.

Pero el libro no sólo me enseñó esta amarga realidad porque, ¿cómo se enfrentaba Ana a su desdicha? Tenía esperanza, estudiaba, aprendía... y hasta se enamoró del hijo de otra familia que compartían refugio. Una niña con un mundo interno muy desarrollado y unas ganas de vivir y de aprender que fue un acicate para mí, que me entristecía por cosas infinitamente más insignificantes y no hallaba fuerza de voluntad para estudiar en circunstancias infinitamente más privilegiadas. Durante unos años leí aquel libro varias veces y Ana fue un ejemplo para mí, un ejemplo de no rendirse, de perseverar, un ejemplo de sacar lo mejor de mí incluso en las peores circunstancias.

Luego pasaron los años, yo seguí creciendo y viviendo y ella no. Se quedó ahí, para siempre en sus 13 años, para siempre recordada con ternura como el ejemplo de tantas vidas truncadas sin motivo y sin ningún sentido, en un exterminio estúpido que nunca debió existir y que siempre pesará como una losa en la conciencia de los hombres. O al menos eso espero, que pese como una losa para siempre y que nunca podamos olvidarlo.

Agradezco a Ana Frank haberme descubierto lo peor de la infamia y la degradación humanas de la manera más bella: el canto a la vida que es su diario.

martes 31 de enero de 2012

12/30. Una biografía: Lajos Zilahy.

No soy lectora de biografías pero hace un tiempo tuve el gusto de leer algo sobre la vida de uno de mis autores favoritos: Lajos Zilahy. Era un librito cortísimo que compré en una tienda de viejo y que supongo deben ser los únicos sitios donde se puede adquirir. Se titulaba La vida de un escritor, escrita por F. Oliver Brachfeld con extensos pasajes en los que el propio Zilahy comentaba sucesos de su vida y que, en su momento, habían sido publicados en diversos periódicos en Hungría, ya que Zilahy era un personaje muy mediático.
El libro, a pesar de lo breve, me gustó mucho y en base a él redacté el siguiente artículo:

Lajos Zilahy nació en 1891, en la ciudad de Nagy-Szalonta, cuando ésta formaba parte del imperio austro-húngaro. El hecho de vivir en una época y un lugar que le permitieron conocer cambios históricos decisivos, y también sufrirlos, le proporcionaron mucho y variado material para sus obras y en ellas nos encontramos que, tras argumentos ficticios que cautivaron a lectores de muchos países, hay vivencias e ideas del propio autor.

Se puede decir de este autor que tuvo una vida de novela pues vivió de cerca sucesos históricos que determinaron su destino. Pero no se limitó a ser un simple observador de lo que ocurría, su carácter comprometido e idealista le llevó a formar parte activa en los acontecimientos que le rodeaban: por un lado dio a conocer al mundo la realidad de su país y de la convulsa Europa de primera mitad de siglo XX con sus obras de teatro, novelas, películas y los artículos que escribió para los periódicos en los que trabajaba, por otro cedió su fortuna al Estado para que fundara un colegio donde jóvenes húngaros inteligentes y válidos, de cualquier extracción social, aprendieran y se convirtieran en individuos capaces de tomar las riendas de la nación, pues consideraba que apenas figuraban húngaros en aquellos puestos en los que se decidía el destino de Hungría.

Era un hombre que sentía pasión por la historia de su país y, en particular, por sus propios antepasados. Según una investigación que hicieron él y su hermano del árbol genealógico familiar, su apellido significa “de Zilah” (de la ciudad de Zilah, en el corazón de Transilvania), y la y griega final implica pertenencia a la pequeña nobleza, en concreto a la nobleza Hajdú, estirpe que cuenta con varios cientos de años y el orgullo de haber salvado a la nación gracias a resistir el acoso de los imperios turco y germano en el siglo XVI. Todos aquellos valientes patriotas, entre ellos Márton Zilahy, se vieron compensados en 1596, cuando el Príncipe de Transilvania, Segismundo Báthory, les confirió la nobleza con todos sus atributos. Este interés por sus raíces lo plasmó el autor en uno de sus primeros libros: El amor de un antepasado mío (1923), donde rinde un tributo a sus ancestros narrando las andanzas de Martin Zilahy, el abuelo de su abuelo, húsar del emperador José II, y también las del guerrillero Mihály, el lobo feroz. Este último en representación de otro antepasado, muy anterior en el tiempo a su tatarabuelo, aunque cronológicamente los haga coincidir en la novela.

Volviendo al árbol genealógico, hubo varias generaciones de pastores calvinistas en la familia y al fin llegamos a su padre, que trabajó como notario, y murió cuando él tenía catorce años, dejando a la familia en la pobreza. Fueron tiempos difíciles agravados por el primer conflicto mundial, al que Lajos se alistó, pero fue gravemente herido, por lo que le dieron de baja en 1916. Poco después él y su familia fueron expulsados de su pueblo natal por los nuevos ocupantes rumanos, y tuvieron que vivir un tiempo en un vagón de tren. Este episodio dio pie a una de sus mejores novelas: La ciudad vagabunda (1939) que cuenta la huída de los ciudadanos húngaros de la ocupación rumana tras la 1ª guerra mundial, como resultado del tratado de Trianón firmado en 1920, en el que se cedieron algunas regiones a checos, serbios y rumanos. Como consecuencia, algunas de las familias que perdieron su hogar tuvieron que refugiarse en unos vagones de carga de la Estación del Norte de Budapest.

A pesar de todo, a base de trabajo y esfuerzo, la familia salió adelante y nuestro autor consiguió estudiar derecho, aunque pronto descubrió su vocación de escritor, y a ello se dedicó en cuerpo y alma. Publicó un recopilatorio de poemas que no tuvo mucha trascendencia. Sin embargo obtuvo gran éxito con las obras de teatro, que además eran más rentables económicamente que las novelas. La primera de ellas, una comedia titulada Fantasmas, fue la piedra de toque para que Zilahy se convirtiese en alguien conocido, pues su primera novela, Primavera mortal (1922) había pasado bastante desapercibida. Trata esta una historia de amor en la que un joven aristócrata de provincias es rechazado por su novia, lo que le llevará al juego y a la bebida, hasta que conoce a otra mujer. En 1939 fue llevada a la gran pantalla de la mano del mismo Zilahy.

Así pues la fama llegó por fin cuando contaba 32 años de edad. A raíz de sus éxitos con el teatro el público descubrió sus novelas y a finales de la década de los 30 sus obras habían sido traducidas a 15 idiomas. Entre ellas Algo flota sobre el agua (1928), en la que János, un joven pescador que vive con su esposa, su hijo y su suegro, divisa un día, mientras pesca en el Danubio, lo que parece el cadáver de una mujer. Este acontecimiento trastocará la vida de todos. Y también El desertor (1930), las aventuras del patriota Itsván Komlóssy, resentido contra el dominio austríaco, que toma la decisión de desertar del combate. Para escribir esta novela el autor utilizó sus propios recuerdos como combatiente en la 1ª guerra mundial.

A su mujer, Piroska Bárczy, la conoció en un concierto, cuando él tenía 39 años y ella algunos menos. Su vida sentimental hasta entonces había sido un fracaso, según él mismo decía por la calidez que no era capaz de dar a una mujer, ya que la volcaba toda en sus escritos. Cuando vio a Piroska aparecer entre los otros invitados, creyó ver en ella a Miett de Almady, la protagonista de Dos prisioneros, también traducida como Las cárceles del alma. Piroska era tal como había imaginado a aquella muchacha cuando la dio vida en la famosa novela que, publicada en 1927, fue una de las que más fama le reportó. La obra trata de dos jóvenes, Pedro y Miett, que se conocen en Budapest, se enamoran y se casan. Pero Pedro es llamado a filas para participar en la guerra al poco de casarse y su exilio se prolonga durante largos años, debido a que ha sido deportado a Siberia. Ambos se encuentran presos de una relación breve que con el tiempo y la distancia se ha enfriado y ya no tiene razón de ser.

Esta novela fue escrita para publicarse en folletín y está dedicada a uno de los parientes del autor, muerto en cautiverio en Siberia. En España se publicó por primera vez al precio de 4 pesetas y con cuarenta cortes hechos por la censura.

Con respecto al matrimonio de Zilahy cabe destacar que, a pesar del inconveniente de que profesaban distintas religiones (él era calvinista y ella católica), un problema que tenían muchos matrimonios de la época, sobre todo en lo que se refiere a la educación de los hijos, Lajos y Piroska fueron una pareja unida que vivieron los conflictos y felicidades propios de cualquier matrimonio. Y mientras, en su vida profesional, el escritor saboreaba las mieles del éxito. No tardó en ceder los derechos de sus obras para convertirlas en películas, incluso viajó a Estados Unidos, donde estuvo tentado de quedarse a vivir, con la seguridad de que tendría éxito trabajando en el cine. Sin embargo fue más grande el deseo de ser útil a su país, así que volvió, fundó la productora Pegazus, S.A. en 1939, y se instaló con su mujer y Mihály, el hijo de ambos, en su casa, ubicada en las colinas de Buda. De su estancia en Norteamérica tuvo la inspiración para escribir El alma se apaga -o También el alma se extingue- (1932), donde habla del desarraigo de los emigrantes, en concreto de un emigrante húngaro en Estados Unidos que huye de la pobreza para empezar una nueva vida. En esta novela, como en otras de este autor, la trama es inventada pero muchas de las vivencias son reales, experiencias del autor cuando vivió en aquel país, haciendo frente a la nostalgia, a un nuevo lenguaje y, sobretodo, a la distancia que hacía que cada vez se sintiera más lejos de su tierra, más desarraigado, que sintiera que su alma se apagaba.

Especialmente decisivo en las vidas de la familia Zilahy fue el día en que volvieron de pasar el fin de semana fuera de Budapest, concretamente el 6 de septiembre de 1942, y encontraron su casa destrozada por una bomba de un avión ruso. El impacto les llevó a tomar una decisión en la que ya llevaban pensando varios años: cederían su fortuna al Estado para la creación de la escuela Esteban Horthy, quedándose con lo imprescindible para vivir y empezar de nuevo. Un gesto tan alabado como criticado por sus contemporáneos, por considerarlo próximo al comunismo, algo que, por otra parte, no era cierto. Lajos no era comunista, veía bien la propiedad privada, pero era un hombre justo al que no le parecía correcto que unos tuvieran mucho y otros carecieran de lo básico. Esas eran el tipo de ideas que movían a un hombre como él, además del pacifismo, y el patriotismo, entendido como deseo de que su patria fuese una nación fuerte e independiente. Por esto mismo debió ser un mal trago para él todo lo ocurrido en la década de los cuarenta, tan lejano a la paz y prosperidad que deseaba para su país. Su aversión al fascismo le valió la persecución de los partidarios de Hitler en Hungría, y la posterior censura de los agentes de Moscú tras la segunda guerra mundial hicieron que emigrase a Estados Unidos en 1947. Su época en el exilio fue bastante fructífera, Lajos escribía y participaba en el montaje de obras de teatro y películas basadas en sus novelas. Mientras, Piroska trabajaba en un hospital. En noviembre de 1949 perdieron a su hijo Mihály en un accidente. El chico pertenecía al equipo de rifle de la universidad y se disparó con su propio fusil cuando le ajustaba la correa. Semejante desgracia marcó a los dos padres para el resto de sus días.

Lejos de su país Zilahy escribió uno de sus libros más patrióticos: Los Dukay, trilogía semi-histórica que narra la decadencia de una familia de la aristocracia magiar desde 1814 hasta mediados de siglo XX. Una obra soberbia donde la historia y la vida privada y pública de los Dukay se entrelazan para darnos a conocer lo acontecido en ese trocito de Europa que es Hungría. El estilo de este escritor, siempre ameno y fascinante, sus guiños al lector, sus golpes de humor y el hecho de que esta novela aúne todos los temas que le preocuparon, hacen de ella una de las más completas de toda su bibliografía. La trilogía, que se desarrolla a lo largo de unas 1.700 páginas, no está escrita en orden cronológico: escribió la segunda y tercera partes y luego completó con la primera.

El siglo feliz, también traducido como El siglo escarlata (1960) es la primera parte. Comprende el periodo entre el Congreso de Viena en 1814 hasta la primera guerra mundial, y narra la historia de dos hermanos mellizos -Antal (Glücki) y Arpad (Dali)- cada uno con un carácter y una tendencia ideológica distinta, simbolizando las diferentes posturas que podían darse en la Hungría imperial: a favor de los Habsburgo o a favor de la independencia y autogestión de Hungría.

Los Dukay (1949), es la segunda parte, y abarca de 1914 a 1939. Se compone a su vez de tres partes: El castillo de Ararat, Kristina y el rey, y El crepúsculo cobrizo. Aquí nos encontramos una nueva generación de Dukays en un mundo que cambia rápidamente y en el que tienen que encontrar su lugar. En la familia protagonista el padre, István Dukay (Dupi), es nieto del Antal de la primera parte, y con su esposa Klementina (Menti), tienen cinco hijos: El mayor Imre (Rere) sufre retraso mental, eso no impide que su lucidez intuitiva haga de él un personaje inolvidable, Kristina, que está enamorada sin ser correspondida del emperador destronado Carlos I, el pragmático György (Ostie) que, pese a que tiene intención de hacerse cargo de las propiedades familiares acaba emigrando a Estados Unidos, pues se casa con una rica heredera norteamericana, János (Johy), que se inclina hacia la ideología nazi, y, por último, Terézia (Zia), la más joven de todos, y también la más aventurera y transgresora.

La trilogía termina con El ángel enfurecido (1953), que narra las peripecias de la familia dentro de su marco histórico, de 1939 a 1953. En ella conocemos el desenlace de las vidas de cada uno de los hermanos, así como de Mihály Ursi, plebeyo de izquierdas y segundo marido de Zia, que representa la lucha de los húngaros contra el nazismo primero, y más tarde contra el régimen soviético.

Los temas de este autor, como se deduce de todo lo dicho, son las guerras que él mismo vivió, la patria, la historia de Centroeuropa, la emigración, el vínculo con los antepasados y, en general, las pasiones humanas. Para un público que, tras una guerra mundial, precisaba de un bálsamo contra los problemas derivados de la contienda, fueron unas novelas muy apropiadas, historias cuyos personajes eran gente corriente que viven, luchan y se enfrentan a lo cotidiano. Esa fue la clave de su celebridad. En España el éxito vino poco después, al principio sus novelas pasaron desapercibidas, pero una oportuna polémica entre críticos literarios sobre la amoralidad de Primavera mortal hizo que cobrara popularidad y que los lectores se aficionaran a él de modo que Zilahy se convirtió en uno de los escritores extranjeros más leídos, aunque desgraciadamente la censura nos privó de muchos fragmentos de sus novelas.

Años después autor y obra fueron cayendo en el olvido, hasta el día de hoy en que su nombre apenas se menciona en los círculos literarios.

Además de otras novelas como Las armas miran atrás (1936), un mensaje pacifista en una Europa abocada a un segundo conflicto mundial, ya que trata de un traficante de armas que sufre una transformación cuando conoce a una mujer de gran integridad, Vida serena (1941) o En el profundo bosque (1959), el autor escribió un total de 19 obras de teatro, algunas de ellas también se llevaron al cine. Su primer éxito fue la comedia Fantasmas, al que siguieron otras, no menos importantes como Brilla el sol (1924), donde aparece una figura vital en la infancia del autor, concretamente en los años de la escuela primaria: el maestro Lehoczky. Estrellas, una comedia que resultó un fracaso, gracias a lo que decidió ahondar en su producción novelística. Y otros títulos como Siberia (1928) en torno a un grupo de húngaros prisioneros en Rusia durante la primera guerra mundial, El general (1928) drama del que La Paramount hizo una adaptación al cine titulada El pecado virtuoso. El pájaro de fuego (1932), La cierva blanca, y Torres de madera, una protesta patriótica contra la injerencia extranjera ambientada en la década de 1940. También tiene algunas recopilaciones de cuentos, como las tituladas El gran dilema, El velero blanco e Idilio de pescadores.

Zilahy nunca vovió a Hungría, murió en Novy Sad, Serbia, -donde tenía una casa a la que iba a menudo- en 1974, sus cenizas fueron llevadas a Budapest, tal como dispuso en su testamento. Nos dejó un legado valiosísimo: obras de teatro, cuentos y novelas, que desde hace decenios es preciso encontrar en tiendas de segunda mano, con excepción de un par de ellas, que sí fueron reeditadas. Afortunadamente la editorial Funambulista se ha propuesto publicar una colección con todas sus novelas, traducidas nuevamente y, por tanto, sin la censura franquista, bajo el nombre de Biblioteca Lajos Zilahy. Es una suerte para todos que iniciativas como esta nos hagan más accesible la lectura de escritores injustamente olvidados.
“Lo infinito se hace tanto más pequeño cuanto más vamos conociéndolo, y las personas tanto menos numerosas cuanto mejor sabemos distinguirlas unas de otras”. Lajos Zilahy, fragmento del artículo titulado Donde yo fui niño.

BIBLIOGRAFÍA
-La vida de un escritor, biografía y autobiografía comentadas, Lajos Zilahy-F. Oliver Brachfeld, Editorial: Lara. 207 páginas
-A history of hungarian literature (from the earliest times to the mid-1970´s), Lóránt Czigány.
-Some reminiscences about Lajos Zilahy, Stephen Beszedits.